Opinión

EDITORIAL

Marcha a Bagdad

Actualizado el 15 de junio de 2014 a las 12:00 am

Los extremistas de Isis ya ocupan extensas zonas limítrofes en Siria e Iraq, y se mueven con rapidez hacia la capital

La carrera de los extremistas se facilita por la desintegración de las fuerzas armadas del Gobierno

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Iraq se encuentra conmocionado por el rápido avance hacia Bagdad de los radicales sunitas que, la semana pasada, desataron una ofensiva bélica para deponer al Gobierno dominado por chiitas.

La carrera hacia la capital ha combinado el blitz de Rommel con la barbarie desarrollada durante siglos por algunas ramas del islamismo. Esta vez, bajo la designación de las siglas Isis, los extremistas de Siria e Iraq han dado muestras de una vocación sanguinaria sin precedentes. Su líder, Musab al-Zarqavi, exdiscípulo y exaliado del difunto Bin Ladin, fue expulsado de Al Qaeda debido a su credo extremista. En otras palabras, Bin Ladin y sus colegas, nada conocidos como apóstoles de la paz, llegaron a la decisión de repudiar sus vínculos con Zarqavi, temerosos de perder simpatizantes en el mundo musulmán.

Con dichos antecedentes, el Isis –siglas similares al nombre de la mitológica soberana de la luz y la magia de los antiguos egipcios– ya ocupa extensas zonas limítrofes en Siria e Iraq. Su objetivo en la presente guerra es unificar los territorios ya conquistados bajo un califato islámico de la corriente sunita.

En su acelerada carrera hacia Bagdad, el Isis ha devorado distancias mediante vehículos livianos que han sido dotados de armamento de alto calibre, instalado sobre la plataforma de carga. Este diseño posibilita mayor velocidad de los guerrilleros y facilita su arremetida violenta y la destrucción de sus adversarios.

La carrera a Bagdad también se facilita por la desintegración de las fuerzas armadas del Gobierno. Unidades enteras del Ejército de Iraq han abandonado sus posiciones y sus armas para escabullirse y evadir la obligación de combatir a los insurgentes.

Con este trasfondo, la proclama reiterada del primer ministro Nouri al-Maliki, de que Iraq posee fuerzas militares más grandes y mejor adiestradas, así como abundante armamento para derrotar a los rebeldes, no son creíbles.

En realidad, Maliki ha perdido legitimidad por la agenda de su Gobierno, dirigida a ampliar el espacio de los chiitas en detrimento de los sunis. Esta dinámica sectaria se aparta, de manera abismal, de los lineamientos de integración nacional propugnados por el general David Petreus, exrector de las fuerzas estadounidenses en Iraq. El programa realizado bajo las órdenes del entonces jefe militar logró habilitar espacios de acción para las agrupaciones sunis, compartidos con los chiitas, lo cual produjo un avance notable en la pacificación del país.

Este paso malogrado habría afianzado el clima pacífico. No obstante, cuando los brotes de violencia se propagaron por todo Iraq, Maliki viajó a Washington para conversar con el presidente Obama sobre las circunstancias violentas surgidas en su país. A su vez, pidió armamentos y no ha trascendido qué más. La respuesta de la Casa Blanca, anunciada el viernes, deniega la posibilidad de enviar fuerzas militares.

Ahora, aparentemente, un pedido de ayuda a Irán, amigo tibio más que aliado, parece haber abierto la posibilidad de recibir combatientes y armas de la teocracia. Ironías de la historia: Irán, en tiempos de Khomeini, enfrentó una guerra cruel y premeditada del Iraq de Sadam Hussein. Dicha campaña bélica se empató en el terreno y solo produjo muertos.

El desenlace de la emergencia que hoy encaran Maliki y su país es incierto, pero ninguna receta servirá sin una buena dosis de pluralismo en el Estado. Esperemos que, finalmente, se haga luz en los reductos del poder en Bagdad.

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