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EDITORIAL

Lecciones del aguacate

Actualizado el 10 de febrero de 2017 a las 12:00 am

Eliminamos del mercado al competidor mexicano, el más barato, constante y de mayor calidad, para sustituirlo por varios proveedores a costa del consumidor

La fruta se paga un 65% más cara y las compras en el exterior cayeron un 25% desde el 5 de mayo del 2014

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Costa Rica consume menos aguacates y los paga más caros. La producción local no da abasto y hasta las fruterías ubicadas en la ruta 27, cerca de Orotina, los venden importados de República Dominicana, de estupenda calidad, pero también a precios más altos que la variedad Haas, traída de México hasta el 2014, cuando las autoridades fitosanitarias prohibieron su ingreso con razones muy discutidas.

El 5 de mayo de ese año, el Servicio Fitosanitario del Estado prohibió la importación de aguacates Haas desde México para evitar, según dijo, el ingreso de la llamada “enfermedad de la mancha del sol”. México y los importadores se quejaron de la omisión de un proceso previo y sospecharon la erección de una barrera no arancelaria al comercio internacional.

La mancha del sol afecta a México desde hace un siglo. Hace 22 años, los aguacates Haas mexicanos comenzaron a conquistar el mercado nacional y en todo ese tiempo la enfermedad no se ha trasladado a Costa Rica porque, según los conocedores, el mal afecta a la planta, no al fruto.

En el corto plazo, un puñado de productores locales se vieron beneficiados, pero los consumidores han sufrido grandes pérdidas. Menos variedad y mayores precios deprimen la demanda. La fruta se paga un 65% más cara y las compras en el exterior cayeron un 25%. El mayorista pagaba ¢21.521 por la caja de diez kilos el año pasado, pero en el 2015 la misma cantidad costaba ¢18.604, un precio bastante superior al del 2014, cuando comenzó el cierre de fronteras para el Haas mexicano.

Los importadores encontraron nuevas fuentes de abastecimiento. Los países de origen pasaron de tres a siete y ahora los productores se quejan de la nueva competencia de Perú, Colombia, Estados Unidos, Chile, Nicaragua, Honduras y Panamá. Al parecer, el sacrificio de los consumidores todavía no es suficiente y haría falta entorpecer la importación desde esos países para elevar los precios todavía más y reprimir el consumo hasta el nivel óptimo en relación con la producción nacional. Afortunadamente eso no es posible, porque el argumento de la mancha solar no es aplicable a los demás proveedores.

En suma, eliminamos del mercado al competidor mexicano, el más barato, constante y de mayor calidad, para sustituirlo por varios proveedores a costa del consumidor, cuyas opciones consisten en pagar caro por menos calidad o abstenerse de comprar el producto. Hecho ese sacrificio, los productores locales tampoco logran competir.

Las restricciones a la carne de cerdo procedente de Chile y la invocación de la cláusula de salvaguarda en el caso del arroz son otros ejemplos de medidas proteccionistas que afectan a los consumidores, en especial los de menos recursos, con el argumento de la inalcanzable e ineficaz soberanía alimentaria o, simplemente, con consideración para los intereses económicos sectoriales.

El proteccionismo escoge ganadores a costa de la población en general. Bien lo sabe la Costa Rica empobrecida de la época cerrada del mercado común centroamericano, dependiente de un puñado de productos agrícolas y de deficientes industrias creadas detrás de las barreras arancelarias.

En los Estados Unidos, uno de los principales argumentos de los defensores del libre comercio frente a los impulsos proteccionistas de la nueva administración es el aumento de precios impuesto a los consumidores. En Costa Rica, esa preocupación no se expresa lo suficiente y, por lo general, el debate se da por el otro extremo, también válido, del efecto de proteccionismo sobre las exportaciones y la atracción de inversión. Son consecuencias ciertas y de gran importancia, pero es preciso hacerle ver al consumidor las repercusiones de las barreras al comercio en su economía familiar.

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