Opinión

EDITORIAL

Irma y el cambio climático

Actualizado el 11 de septiembre de 2017 a las 10:30 pm

Harvey, Irma y José en el Caribe, juntos y más fuertes. Grandes inundaciones en la India y Nepal, incendios forestales en el sur de Europa y California. Todo en un mes

Para la gran mayoría de científicos, el calentamiento de los océanos y la atmósfera no tiene discusión y puede convertir a las tormentas de antaño en monstruos como Irma

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Harvey, Irma y José en el Caribe, juntos y más fuertes que en otras oportunidades. Grandes inundaciones en la India y Nepal, incendios forestales en el sur de Europa y California. Las catástrofes del último mes constituyen una llamada de atención sobre el cambio climático, pero no bastan para vencer la resistencia.

Influyentes sectores políticos, aliados con grandes intereses económicos, están empecinados en negar el cambio, sus efectos o la decisiva participación de las actividades humanas, en especial la quema de combustibles fósiles, en la afectación del clima. Es una visión cortoplacista, pero bien financiada, políticamente rentable y capaz de imponerse aun en las capitales de la ciencia, como demuestran los resultados electorales de Estados Unidos.

Para la gran mayoría de científicos, el calentamiento de los océanos y la atmósfera no tiene discusión. También coinciden en asignar a esas circunstancias la capacidad de convertir a las tormentas de antaño en monstruos como Irma, con la fuerza y frecuencia necesarias para devastar regiones enteras del planeta.

Si Irma no hubiera desatado su furia sobre Cuba, donde perdió fuerza mientras destruía buena parte de la isla, los más de 20 millones de habitantes de Florida, el tercer estado más poblado de los Estados Unidos, habrían sufrido aún más. Los daños padecidos deberían ser suficientes para meditar, como también el sufrimiento en el resto del Caribe y el espectro de lo que pudo haber sucedido en Miami.

Nueva Orleans y los horrores de Katrina son una ventana a los peores efectos de estos fenómenos naturales, aunque en una ciudad mucho más pequeña. El estado de Luisiana tiene menos de una cuarta parte de la población de Florida y ninguna concentración urbana tan grande como Miami, Tampa u Orlando.

Sin embargo, el gobierno estadounidense encabeza la negación del cambio climático al punto de anunciar su retiro del Acuerdo de París, el convenio internacional para frenar el aumento en la temperatura del planeta. Scott Pruitt, jefe de la agencia de protección ambiental estadounidense, calificó de “insensibles” a quienes, en medio de la tragedia, sacaron a colación el tema del cambio climático, tan contencioso en la política de Estados Unidos.

En realidad, es difícil imaginar un mejor momento para plantear el tema. Hablar del cambio climático no entorpece las operaciones de ayuda a las víctimas, pero aprovecha la materialización de las advertencias científicas para abrir los ojos a la ciudadanía. Frente a las amenazas comerciales de China atribuidas por el presidente Trump a la pérdida de competitividad, entre otras razones por el paulatino freno a la quema de combustibles fósiles, la ciencia tiene conceptos complejos, a veces planteados con insalvable distancia de la realidad cotidiana.

Es más fácil convencer al desempleado de una región industrial sobre la necesidad de abaratar la energía para recuperar su puesto de trabajo que sobre la importancia de migrar a otras fuentes energéticas para impedir el calentamiento global. En la Florida, después de Irma y los huracanes por venir, la ciencia poco a poco encontrará oídos más atentos.

Hasta ahora, las extrañas inundaciones en Miami Beach, durante días perfectamente soleados, pasaron casi inadvertidas. Su efecto limitado no plantea el drama de los pequeños países insulares del Pacífico, en peligro de desaparecer. Por eso, en aquellas islas la conciencia del problema es alta y sus gobiernos se empeñan en promover iniciativas como la de París, en cuyo impulso tuvieron notable participación. Ojalá no sean necesarias demasiadas tragedias para lograr lo mismo en otras partes del mundo.

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