Opinión

EDITORIAL

Irak fraccionado

Actualizado el 17 de agosto de 2014 a las 12:00 am

Irak es hoy un terreno fértil para el ISIS. La mayoría (65%) de sus habitantes son chiitas, los sunitas ascienden a un 30% y el resto cubre otras creencias

Las esperanzas están cifradas en que las nuevas caras serán capaces de desarrollar una labor de inclusión de todos los sectores importantes

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La crisis política en Irak se despejó el jueves último con la renuncia de Nouri al -Maliki al cargo de primer ministro. En el puesto desde el 2005, en los inicios de un sistema institucional promovido por Estados Unidos tras derrocar al déspota Saddam Hussein, Maliki cayó últimamente en desgracia por el sectarismo pro chiita que venía promoviendo desde la jefatura del Gobierno.

Este foco central de su gestión cobró notoriedad en las últimas semanas a raíz de la amenaza del ISIS (Estado Islámico de Siria e Irak), una vasta fuerza terrorista (10.000) de sunitas. A partir de sus conquistas territoriales en la guerra siria, se afincó en el norte de Irak, desde donde se ha extendido fácilmente hasta las puertas mismas de la capital.

El sorpresivo blitz ha desnudado la pobre condición del Ejército iraquí, cuyos legionarios, apenas llueven balas y bombas, huyen por miles a sus ciudades y villorrios. Regados por el camino han quedado así miles de uniformes y botines de armas que, sin duda, pasaron a engrosar los haberes del ISIS. No en vano, el ISIS es hoy la organización mejor financiada del género, dueña, además, de explotaciones petroleras y modernos armamentos como helicópteros militares. Pero su prominencia obedece, sobre todo, a la cruenta metodología con que practica el terrorismo.

Los aspirantes a profesionales del yihadismo acuden por raudales al ISIS. Entre estos postulantes hay un número significativo de occidentales, entre ellos norteamericanos y europeos. El fenómeno ha provocado alarma en los cuadros estadounidenses. Y no es para menos. Sueltos en ese país, podrían convencer a jóvenes buscadores de aventuras que se trasladen por toda Norteamérica hasta México y, quizás, Centroamérica con el afán de crear células al servicio del radicalismo musulmán. Entre otras cosas, perfilarían penetrar las maras para multiplicar el fenómeno del terror en el área.

Irak se ve hoy como un terreno fértil para el ISIS. La mayoría (65%) de sus habitantes son chiitas, los sunitas ascienden a un 30% y el resto cubre otras creencias, en particular los kurdos, que forman parte de una zona autónoma, rica en petróleo y agricultura. Sus fuerzas armadas son altamente calificadas y combaten exitosamente contra el ISIS.

El carácter sunita le posibilitaba al ISIS procurar recursos de la minoría del mismo credo. Su rápida expansión en Irak sugiere, para algunos comentaristas, que el camino quizás haya sido facilitado por nacionales sunitas. Con todo, muchos observadores olvidan que el país no se reparte conforme a la simple división confesional. Más allá de los actores políticos nominales, existe una madeja de fuertes lealtades tribales, familiares y de clanes y milicias que conforman un mapa muy diferente, y transforman la política y la guerra en ámbitos sumamente complejos.

En cuanto al proceso institucional, Maliki se resistía a dejar el cargo. Desde la jefatura del Gobierno había desarrollado una poderosa estructura administrativa y militar, amén de órganos de inteligencia y seguridad, con ramas en todas partes, desde la banca hasta el comercio. Esta maquinaria se suponía incondicional al jefe. Como tal, ha estado viciada por la corruptela y el mercado de influencias. No obstante, el embate del ISIS puso bajo el foco público la ausencia del deber moral en niveles decisorios del aparato estatal.

La presión internacional y de las principales agrupaciones políticas locales puso de relieve que, en esta lucha, Maliki ya estaba derrotado. Sin embargo, no se irá de gratis. Ha exigido inmunidad legal para sí y su familia. Asimismo, ha demandado permanecer en el juego político, como sería, por ejemplo, la designación de vicepresidente, la cual le proporcionaría visión y, probablemente, espacio para meter las manos en la masa. No sabemos, por ahora, si todas estas gracias le han sido concedidas.

Sobre el mismo tema, el primer ministro ya designado, Haider al-Abadi, también chiita, ha sido el segundo del ahora saliente Maliki. Las esperanzas están cifradas en que las nuevas caras serán capaces de desarrollar una labor de inclusión de todos los sectores importantes, particularmente los sunitas, que han sufrido las inclemencias del sectarismo chiita. Ojalá que así sea.

Compartimos los buenos deseos de las nuevas autoridades y confiamos en que sus esperanzas se concreten pronto en logros auténticos.

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