Opinión

EDITORIAL

Innovación y competitividad

Actualizado el 19 de junio de 2015 a las 12:00 am

Debemos fomentar el desarrollo de patentes como instrumentos para generar valor

Existen muchos otros desafíos que atender para crear un ecosistema propicio a la innovación

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Ocupar el octavo lugar de América Latina y el Caribe en solicitudes de patentes entre el 2010 y el 2013; el noveno en registros autorizados, y el décimo en las solicitudes hechas por residentes, no es una mala posición para un país con 4,8 millones de habitantes. Tal es el caso de Costa Rica. Los tres primeros lugares, como es de suponer, corresponden a Brasil, México y Argentina, que tienen los mayores productos internos brutos (PIB) de la región; la primera, segunda y cuarta poblaciones más numerosas, respectivamente, y alrededor del 90% del monto dedicado a investigación y desarrollo (I+D).

Sin embargo, sí debe encender una luz de alerta que nuestro vecino Panamá nos supere en el puesto 7 en las dos primeras categorías, y Jamaica lo haga con el octavo en la tercera. No se trata de un asunto de vanidades, sino de que las patentes son la vía para convertir las innovaciones en generadoras de valor por varios años, al proteger la propiedad intelectual de los creadores. En este sentido, son claves para el bienestar, sobre todo en el mundo contemporáneo.

Para mantener nuestra acertada apuesta a un modelo de desarrollo basado, esencialmente, en la economía del conocimiento y la agregación de valor a las actividades tradicionales, debemos mejorar el desempeño en relación con las patentes, pero, sobre todo, ser más proactivos en el impulso a la innovación y en tratar de que estos esfuerzos se traduzcan en mayor productividad y competitividad.

Los datos mencionados, de los que dimos cuenta el sábado 13, provienen de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), adscrita a las Naciones Unidas, y el Banco Mundial. En más de una ocasión, esta última entidad ha destacado la importancia de que los países latinoamericanos y caribeños apostemos más por la innovación y el desarrollo, la educación, la innovación y la apertura económica como motores para generar crecimiento y mejorar los niveles de vida de la población.

Avanzar en tal sentido implica, entre otras cosas, aumentar la inversión en I+D por parte de las universidades, institutos independientes y empresas. Actualmente, Costa Rica destina el 0,45% del PIB a tal fin, por mucho el mayor porcentaje de Centroamérica, pero apenas similar al promedio latinoamericano. Necesitamos mejorar en este sentido, aunque sin perder de vista las múltiples prioridades que debemos atender con los escasos recursos nacionales. Debemos tomar en cuenta, además, que de poco valdría aumentar la inversión en I+D si no mejoran sustancialmente otras variables. Nos referimos, en particular, a cuidar la relevancia e impacto de los proyectos, evaluar rigurosamente el costo y beneficio de aquellos financiados con fondos públicos, mejorar las vinculaciones entre los sectores académicos y productivos, e incrementar la cantidad y calidad de la oferta de educación superior en ciencia y tecnología.

Algo de lo anterior se ha hecho, pero con gran lentitud y sin una clara medición de impacto. Según datos del Consejo Nacional de Rectores, que divulgamos el viernes 12, el número de investigadores activos en las universidades estatales creció de 1.663 en el 2006 a 2.258 siete años después. También se ha incrementado la inversión en investigación, desarrollo e innovación en esos centros. Sin embargo, esos son cifras de insumos, no de resultados, por lo cual poco dicen sobre su relevancia y pertinencia.

En agosto del pasado año, el informe Estado de la ciencia, la tecnología y la innovación, dado a conocer por el proyecto Estado de la Nación, también se refirió a nuestros débiles índices de inscripción de patentes y señaló la necesidad de vincular más orgánicamente a investigadores, innovadores, empresarios y productores. Añadió, como importantes desafíos, la “fuga” o movilidad de cerebros nacionales en busca de mejores oportunidades, la endogamia –es decir, falta de apertura y relacionamiento activo– de los sectores académicos y la carencia de suficientes relevos para suplir a los científicos que pronto dejarán de laborar activamente.

Estamos, por tanto, ante un reto con múltiples manifestaciones, de las cuales las patentes son una dimensión de gran importancia, pero no única. Como consecuencia, se necesitan acciones que no pasan únicamente –y quizá no tanto– por destinar mayores recursos a I+D, sino por tomar iniciativas más orgánicas y abiertas para crear un verdadero ecosistema innovador en Costa Rica. Solo así podremos ascender en la escala de patentes y, sobre todo, mejorar el dinamismo, productividad y competitividad de nuestro país.

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