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Humor urbi et orbi

Actualizado el 15 de marzo de 2013 a las 12:00 am

En uno de los momentos más solemnes y emotivos de su papado –es difícil imaginar otro de igual talante– Francisco rindió homenaje al valor de la risa

Esa sencillez no debe llamar a confusiones. El Papa tiene la refinada formación intelectual de un jesuita y se le reconoce aguda sensibilidad política

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“Que Dios os perdone por lo que habéis hecho”, dijo el papa Francisco a los cardenales cuando respondió el brindis del secretario de Estado del Vaticano, cardenal Tarcisio Bertone, durante la cena celebrada en la residencia de Santa Marta, poco después de su elección.

Horas antes, el Pontífice había extraído una carcajada de la multitud congregada frente al balcón Urbi et Orbi, en la plaza de San Pedro, cuando comenzó su saludo con la frase: “Parece que mis hermanos cardenales han ido a buscarme casi al fin del mundo”, en alusión a la extrema ubicación austral de su natal Argentina.

El humor es señal de inteligencia y, cuando el autor lo vuelca sobre sí mismo, denota humildad. El mensaje fue inequívoco: el Papa tiene los pies sobre la tierra, y sus credenciales de cercanía con la grey no se verán menoscabadas por el ascenso al trono de San Pedro.

En uno de los momentos más solemnes y emotivos de su papado –es difícil imaginar otro de igual talante– Francisco rindió homenaje al valor de la risa y la proximidad. El contraste entre la gravedad del momento y el humor del Papa más bien resultó conmovedor.

La inclinación del Pontífice por la sencillez y la humildad se evidenció desde el anuncio de su nombre por el cardenal protodiácono francés Jean Louis Tauran. Es el primer Francisco, en recordación del santo de Asís, prototipo de la renuncia a los encantos del poder y ejemplo de dedicación a los demás, en especial los menos afortunados.

Ese mensaje lo profundizó el Papa con su sentido del humor y, luego, cuando pospuso la tradicional bendición a los fieles para pedirles, primero a ellos, elevar una plegaria por su pontificado. La anécdota del brindis extendió los propósitos de llana cercanía a los cardenales.

El primer papa oriundo de América, la región más poblada de católicos en todo el mundo --580 millones, un 44% del total– es hijo de un sencillo empleado ferroviario, inmigrado a la Argentina en el difícil periodo de entreguerras. Ya convertido en alta autoridad eclesiástica, no era raro verlo tomar el metro de Buenos Aires o encontrarlo en el estadio del San Lorenzo de Almagro, cuyo carné de socio porta con orgullo.

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Esa sencillez no debe llamar a confusiones. El Papa tiene la refinada formación intelectual de un jesuita, es autor de varios libros y se le reconoce una aguda sensibilidad política, como lo demuestran sus frecuentes desacuerdos públicos con el gobierno de la presidenta Cristina Fernández. Es también un hombre enérgico, habituado a enfrentar los problemas con decisión.

Asume el papado en un momento difícil para la Iglesia y en él se depositan esperanzas de mayor apertura. Yerran quienes aguardan cambios drásticos en la doctrina o la posición asumida frente a polémicos temas sociales, como los relacionados con la vida humana. Esperar un cambio dramático en las posiciones fundamentales de la Iglesia no tiene sentido. Se trata de convicciones esenciales, plenamente compartidas por el Papa y la jerarquía eclesiástica a cuyo respaldo obedece su pontificado. No es razonable albergar expectativas de renuncia a postulados tan centrales.

Sin embargo, la promesa de proximidad y transparencia, latente en las primeras manifestaciones de Francisco, podrían encerrar la clave del giro esperado. La formación de los jesuitas los inclina al acercamiento con los fieles y a privilegiar la preocupación por el fenómeno de la pobreza. Las dificultades enfrentadas por la Iglesia en los últimos años también sugieren un énfasis en la renovación y el ordenamiento interno.

El transcurso del tiempo perfilará las características definitivas del pontificado de Francisco, sobre el cual gravitan las expectativas e incógnitas propias de la novedad. El mundo apenas comienza a conocer al Papa, precisamente porque los cardenales fueron a buscarlo hasta los confines del mundo.

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