Opinión

EDITORIAL

El G-20, el crecimiento y el empleo

Actualizado el 16 de febrero de 2015 a las 12:00 am

La reunión de ministros de Hacienda y presidentes de bancos centrales de las veinte naciones más desarrolladas del mundo (G-20) produjo acuerdos relevantes

Para los países en desarrollo, el mensaje inequívoco es que nos enrumbamos a un período caracterizado por cierta inestabilidad cambiaria y volatilidad financiera

Opinión

El G-20, el crecimiento y el empleo

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Contrariamente a lo acontecido en otras cumbres recientes, la reunión de ministros de Hacienda y presidentes de bancos centrales de las veinte naciones más desarrolladas del mundo (G-20) sí produjo acuerdos relevantes para los problemas del bajo crecimiento y elevado desempleo. A pesar de dirigirse a países desarrollados, muchos de esos acuerdos tendrán una incidencia positiva en los países en desarrollo, especialmente el nuestro, que experimenta un creciente desempleo. Otras determinaciones, sin embargo, causan preocupación.

El acuerdo plasmado en el comunicado difundido el 10 de febrero en Estambul, Turquía, parte de un diagnóstico certero de lo que ocurre en la economía mundial. Mientras la economía de Estados Unidos (EE. UU.) se recupera en el 2015 a una tasa del 3,6% real, y genera un número creciente de empleos, la economía mundial muestra menores tasas de crecimiento real (3,5%), especialmente en la Unión Europea (1,2%), Latinoamérica (1,3%) y Japón (0,6%), a pesar de la reducción en los precios del petróleo. Como consecuencia, las tasas de desempleo se mantendrán elevadas, haciendo más difícil reducir la pobreza y la desigualdad.

El G-20, asistido técnicamente por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, centra su atención en el crecimiento de las economías privadas de los distintos países para enfrentar los problemas sociales de desempleo, pobreza y desigualdad –lo cual contrasta con ciertas visiones populistas en boga en muchas naciones–, pero concede gran importancia a la acción estatal para contribuir a resolverlos, particularmente a la inversión pública en infraestructura y otras medidas que ayudan a estimular la inversión, incluyendo el desarrollo de un buen entorno para generar negocios. Pero las recetas no son iguales para todos.

El bajo crecimiento –aducen– es un fenómeno complejo. Una parte importante se refiere a la insuficiente demanda en muchos países, producto de las secuelas de la crisis de los años 2007-2008 que provocó una fuerte caída en el consumo y, por tanto, en la inversión, pero, también, de añejos problemas estructurales que, por razones políticas (y populistas), no se han podido resolver. Para los países más desarrollados, como los integrantes de la Unión Europea y Japón, el comunicado propone mantener políticas monetarias expansivas, al estilo de la que está llegando a su fin en EE. UU., para estimular la demanda de los consumidores y la respuesta del sector empresarial en términos de mayor emprendimiento.

¿Cuán efectivas son las políticas monetarias “acomodaticias”, como las denomina textualmente el comunicado? Japón, por ejemplo, ha mantenido esas mismas políticas durante décadas y no ha logrado incrementar su crecimiento, y en EE. UU. pasaron muchos años desde la primera expansión monetaria sin que la economía pudiera recuperar su dinamismo anterior. Nuestra preocupación, obviamente, se centra en el impacto desestabilizador que para los países en desarrollo han provocado esas políticas monetarias acomodaticias, y, también, la volatilidad y desorden financiero y cambiario que podría provocar la normalización de políticas monetarias más ortodoxas, como las que planea retomar EE. UU. en algún momento este año.

Algo similar podría suceder cuando Europa ponga fin a su expansión monetaria, que recién comienza. El G-20, sin embargo, endosó la política acomodaticia de los países más desarrollados, argumentando que cada uno tenía el derecho de establecer su propia política monetaria, de conformidad con su visión de la inflación actual y prospectiva, y la necesidad de reactivar sus mercados. Para los países en desarrollo, incluido el nuestro, el mensaje inequívoco es que nos enrumbamos a un largo período caracterizado por cierta inestabilidad cambiaria y volatilidad financiera en el mundo. Y en esto, una vez más, encontramos apropiado el plan blindaje adoptado por el Banco Central de Costa Rica en su más reciente programa macroeconómico, que comentamos la semana anterior.

Para algunos analistas internacionales, incluyendo a The Economist y a The Wall Street Journal , el recurso a la política monetaria acomodaticia señala la relativa incapacidad de los países desarrollados para emprender otras reformas estructurales más complejas y que requieren de acción legislativa. La política monetaria, no. Habríamos preferido ver reformas más de fondo en los ámbitos laboral y comercial (menos proteccionismo), y mayor racionalidad fiscal y tributaria, que podrían resolver muchos de los problemas del crecimiento y el empleo. La política monetaria acomodaticia, en cambio, podría afectar el nivel de la demanda agregada, pero no resolvería los problemas estructurales. Y posteriormente, al recoger el exceso de liquidez, nos afectaría por la volatilidad.

El comunicado, sin embargo, contiene otras recomendaciones que podrían ser más positivas. En los campos fiscal y tributario recoge el acuerdo celebrado en Cairns para introducir cambios en la composición y calidad del gasto, así como en las estructuras tributarias, con el fin de contribuir mejor al crecimiento. Un aspecto importante es la mayor inversión pública, fuente de empleo y aumentos en la productividad, que deberían adoptar todos los países, incluyendo al nuestro. Otro tiene que ver con imponer límites al endeudamiento público para dar sostenibilidad a la deuda y evitar crisis futuras. Ya EE. UU. (plan Obama) y algunos otros países están implementando varias de esas recomendaciones, particularmente las limitaciones al endeudamiento y aumentos en la inversión pública. Pero, en otros, no pasan de ser meras expectativas. Algo similar sucede entre nosotros.

Otras medidas enunciadas en el comunicado se dirigen al comercio exterior (donde, una vez más, rechazan verbalmente el proteccionismo sin que, en la práctica, se actúe de manera diferente), plantean reformas financieras multilaterales para apoyar proyectos de desarrollo, proponen coordinación internacional para reducir el impacto de las políticas monetarias en los países en desarrollo, y hay medidas relativas a la supervisión financiera, siguiendo los modelos de Basilea. Todo eso parece bien, pero ¿cuándo y en qué medida se podrán llevar esos acuerdos a la práctica? El propio comunicado establece un mecanismo de rendición de cuentas para evaluar la implementación de los acuerdos. Sería admirable que, en la próxima reunión, dieran cuenta de los logros concretos alcanzados, más allá de las declaraciones. Podríamos, entonces, ser más optimistas.

  • Comparta este artículo
Opinión

El G-20, el crecimiento y el empleo

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota