Opinión

EDITORIAL

Flexibilidad y transparencia cambiaria

Actualizado el 28 de mayo de 2017 a las 10:00 pm

El Banco Central debe dejar más espacio para la operación del mercado en la formación de un macroprecio tan importante como el tipo de cambio

El aumento en la demanda de crédito en colones llevará a un aumento en la tasa de interés para operaciones expresadas en esa moneda

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El tipo de cambio constituye un importante macroprecio en nuestra economía y en todas las que se encuentran abiertas al comercio internacional. En todo momento debe ser “de equilibrio” entre la oferta y la demanda de divisas. Una tasa de cambio arbitrariamente alta restringe innecesariamente las importaciones aunque, de mantenerse, constituya un “estímulo” artificial a las exportaciones. Una tasa baja promueve lo contrario: acelera las importaciones y penaliza a los exportadores, en particular a los de mayor valor agregado nacional.

En los últimos años, Costa Rica ha operado con un tipo de cambio del colón por dólar estadounidense relativamente estable. En gran parte, eso obedece a factores externos, como la reducción significativa del precio internacional del petróleo y sus derivados, de los cuales somos importadores netos; la baja en las tasas de interés en los mercados avanzados, lo cual indirectamente estimuló el ingreso de capital financiero; y un buen desempeño del sector exportador, como las zonas francas. El Banco Central pudo acumular suficiente cantidad de divisas (que llegaron a ubicarse alrededor del 14% del PIB, lo cual es considerado cómodo por los analistas) y eso favoreció la estabilidad cambiaria.

Pero ese entorno externo ha comenzado a modificarse en nuestra contra. Por un lado, el precio del petróleo parece haber tocado piso y ahora los países productores acordaron restringir la oferta para forzar alzas en el precio, aunque está por verse si logran mantener el acuerdo. El Banco de la Reserva Federal de los Estados Unidos ha comenzado a elevar las tasas de interés que utiliza como instrumento de política monetaria. Las tasas de interés internacionales (por ejemplo, la Libor) también comienzan a mostrar signos de aumento, lo cual estimula el retorno de inversiones financieras a los mercados avanzados. A eso se une una posible reforma tributaria en los Estados Unidos que, de materializarse, atraería inversión de empresas norteamericanos a su suelo. La inversión extranjera directa con destino a países como Costa Rica podría reducirse significativamente.

A todo lo anterior se une el fortalecimiento del dólar estadounidense, no solo respecto al euro, sino a monedas de otros países con los que competimos, entre ellos varios de Latinoamérica. Con una cantidad dada de dólares podemos comprar una mayor cantidad de euros, lo cual no deja de constituir un estímulo a importar y, también, a realizar más viajes de turismo. A su vez, eso constituye un problema para los exportadores, pues sus productos (bienes y servicios) lucirán más caros a los ojos, por ejemplo, de los compradores europeos.

El Banco Central ha hecho bien en permitir que el tipo de cambio varíe conforme lo han hecho las circunstancias que hemos mencionado. Con eso no solo coadyuva a la formación de un tipo de cambio de equilibrio, sino que da una señal a los actores (entre ellos los empresarios y los consumidores) de que en materia cambiaria existe un elemento de riesgo que debe ser tomado en cuenta a la hora de ejecutar operaciones.

En un entorno de devaluación más o menos cierta, los actores tenderán a ahorrar en moneda dura (por ejemplo, en dólares estadounidenses), pues al hacerlo no solo ganan los intereses pactados, sino la revaluación de intereses y del principal. En un mercado cambiario libre, esa actitud aumentaría la demanda por divisas y las encarecería. Por el contrario, quienes tengan obligaciones expresadas en dólares, tratarán de convertirlas a colones. El aumento en la demanda de crédito en colones llevará a un aumento en la tasa de interés para operaciones expresadas en esa moneda. A fin de cuentas, en equilibrio, resultará indiferente ahorrar o endeudarse en una u otra moneda, pues el riesgo que –para deudores no generadores de divisas– representa el de tipo de cambio, podría ser compensado con endeudamiento en colones, pagando una prima en términos de tasa de interés.

Pero en un mercado sujeto a fuerte intervención del Banco Central, como el nuestro, esa indiferencia debe buscarla conscientemente el Banco mediante tanteo, sin tener plena certeza de que logra su objetivo. Que la actual dirección del Banco Central haya favorecido por tanto tiempo una tasa de cambio relativamente estable llevó a los actores en el mercado a olvidarse del riesgo cambiario, cuando en esta materia siempre debió tenerse presente que la expresión “tipo de cambio fijo” significa “fijo hasta nuevo aviso”.

El Banco Central debe dejar más espacio para la operación del mercado en la formación de un macroprecio tan importante como el tipo de cambio. Ha de intervenir (para controlar volatilidad, no la dirección del cambio) solo cuando se produzcan variaciones abruptas, pero antes debe definir y anunciar urbi et orbi, utilizando una medida como la oscilación del precio de la divisa, cuando se está en presencia de una de ellas. De otra forma, la posibilidad de que en nuestro país surja un provechoso mercado de divisas en el futuro continuará siendo casi nula.

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