Opinión

EDITORIAL

Experiencias con la apertura

Actualizado el 23 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

Las ventajas tecnológicas y económicas del fin de los monopolios estatales se pueden constatar en las industrias de seguros, telefonía y banca

Las lecciones aprendidas deberían servir de insumo para la discusión de la apertura del mercado eléctrico, último gran reducto de la mentalidad monopolística

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Entre el 2010 y el 2012, los oferentes de pólizas de seguros y salud duplicaron sus ventas. Este año no estarán lejos de los ¢37.508 millones alcanzados en el 2012 y, si bien el Instituto Nacional de Seguros (INS) cedió el 40% del mercado a las empresas privadas, conserva la mayor parte de un negocio mucho más grande.

La penetración de la telefonía móvil supera el 116% y el Instituto Costarricense de Electricidad (ICE), pese a la pérdida de una quinta parte de su mercado, hasta hace poco monopolístico, tiene un mayor número de clientes.

La expansión del mercado de seguros beneficia, en primer término, a los clientes, pero también encierra ventajas para el sistema público de salud. Los ¢16.960 millones desembolsados entre enero y agosto por las aseguradoras fueron a parar, en su mayoría, a las arcas de los proveedores privados de servicios de salud. Así contribuyeron a descongestionar los atiborrados consultorios y quirófanos de la Caja Costarricense de Seguro Social.

Por su parte, los usuarios de la telefonía móvil son destinatarios de provechosas ofertas y disfrutan servicios cada vez mejores, cuyo origen está, indudablemente, en la competencia. El ICE anunció el lanzamiento de la veloz red de cuarta generación (4G) para contener posibles avances de los proveedores privados cuando cobre plena vigencia el derecho a la portabilidad numérica.

Estos avances se dan en un país donde pocos se preocupaban por asegurarse, como no fuera clandestinamente, comprando pólizas de aseguradoras extranjeras a contrapelo de las leyes protectoras del monopolio del INS. Es también un país donde la adopción de la Internet de banda ancha requirió un debate de años, en cuyo curso se discutió, con toda seriedad, la necesidad de preservar ingresos obtenidos con la venta de servicios obsoletos.

Las empresas estatales, otrora poseedoras de cómodos e ineficientes monopolios, ya no gozan de mercados cautivos, cultivados sin ningún esfuerzo y con poca preocupación por los usuarios. Se han visto obligadas a transformarse y aun ellas brindan servicios de superior calidad.

El INS presume de su nueva orientación al cliente, el remozamiento de sus plataformas de servicio y la comercialización de mejores productos. Acusa una disminución en las tarifas por efecto de la competencia, pero celebra el crecimiento del número de asegurados, todos beneficiarios de precios más competitivos. Las indemnizaciones se tramitan con mayor agilidad y el esfuerzo de ventas es mucho más intenso.

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Jaime Palermo, gerente de Clientes del ICE, describe a la institución como una entidad completamente nueva. “No estamos en una época de cambios. Es un cambio de era”. Ya no venden tecnología, dice Palermo, sino servicios y productos. Con la apertura, el ICE descubrió el mercadeo y sus clientes lo agradecen.

La entidad exhibe orgullosa su amplia red de puntos de venta y los locales donde los interesados pueden probar equipos, con asistencia de personal entrenado para abandonar la seguridad del mostrador y encontrarse con el público en su terreno. Atrás quedaron los días en que la obtención de una línea telefónica era tarea de meses o años, salvo la fortuna de contar con alguna influencia o contacto interno.

La transformación del INS y del ICE, las ventajas tecnológicas y económicas cosechadas por el país y la creciente competitividad de los servicios aprovechados por usuarios físicos e institucionales son producto de la apertura, cuyas presuntas secuelas apocalípticas no se ven por ningún lado.

Con décadas de antelación, el país había experimentado un proceso similar con el rompimiento del monopolio de la banca estatal. Hoy goza de un sector financiero mucho más dinámico y útil para el desarrollo, en cuyo conjunto la banca estatal brilla por sus resultados y por la extraordinaria transformación de sus servicios. ¿No era que estaba destinada a desaparecer?

Las lecciones aprendidas deberían servir de insumo para la discusión de la apertura del mercado eléctrico, último gran reducto de la mentalidad monopolística.

Aún ahí, con las serias limitaciones imperantes, la apertura ha tenido efectos benéficos, aunque diminutos en comparación con el potencial. Sin debilitar al ICE, los generadores privados aumentan la oferta de electricidad limpia y barata.

Lástima que los prejuicios impidan aprovecharlos más, no obstante las buenas experiencias con la apertura en otras áreas.

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