Opinión

EDITORIAL

Espiral represiva en Venezuela

Actualizado el 28 de febrero de 2015 a las 12:00 am

Ante el derrumbe que él ha causado, Maduro opta por las peores tácticas

El verdadero ‘golpe de Estado’ está en marcha desde la cúpula del poder

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Ante la peor crisis experimentada por el fallido “Socialismo del siglo XXI” en Venezuela, el presidente, Nicolás Maduro, ha decidido activar, abierta y descarnadamente, el curso que más se adapta a sus instintos, su ignorancia política, su incapacidad como gobernante y su fanatismo: la represión abierta.

No es la primera vez que, en la secuencia Chávez-Maduro, la cúpula del poder doblega las instituciones, burla los principios más elementales de la voluntad popular y la gobernanza democrática, inventa inexistentes conspiraciones y golpes de Estado, y lanza a policías, militares y grupos de choque a las calles, para impedir la manifestación del descontento popular. Ahora, sin embargo, las circunstancias son mucho más graves y los mecanismos utilizados más burdos.

La economía está en caída libre y no ha tocado fondo. El detonante del desastre ha sido el desplome en los precios del petróleo, prácticamente la única fuente de divisas del país. Tal como dijimos en un reciente editorial, la reducción a la mitad de sus ingresos externos, sumada a una dirección económica más orientada por la ideología y el fanatismo que por la técnica o la razón, ha acelerado una serie de funestas tendencias. Entre ellas están el desplome generalizado de la producción, la escasez de divisas, la inflación galopante, el freno a la inversión (tanto pública como privada), el precipitado drenaje de reservas monetarias, el desabastecimiento de productos básicos, un déficit exponencial y una deuda externa cada vez más abultada y difícil de administrar.

Sin ningún horizonte de mejora, y enfrentados al crecimiento en la pobreza, el desempleo y la peor escasez en la historia del país, los venezolanos han vuelto sus espaldas al régimen. Las tímidas medidas económicas, anunciadas hace pocas semanas, solo han conducido al incremento en la devaluación. Las opiniones favorables a Maduro y su régimen –alrededor del 20%– están en el nivel más bajo desde que Hugo Chávez ascendió al poder. Difícilmente mejorarán. Las protestas callejeras son diarias. La oposición, pese a sus fracturas internas, parece avanzar hacia una mayor unidad. El régimen sabe que, en estas circunstancias, existe virtual certeza de que será derrotado en las elecciones parlamentarias y regionales previstas para finales de este año.

Ante tan precipitado colapso, la única opción razonable para salvar a Venezuela es una verdadera reforma económica, un proceso de reconciliación y concertación interna, y un fortalecimiento de instituciones clave, pero ahora sometidas al Ejecutivo, como los poderes judicial y legislativo, el Consejo Electoral, el Banco Central y la empresa estatal petrolera PDVESA. En su lugar, sin embargo, el régimen ha resucitado por enésima vez el fantasma de un presunto golpe de Estado. Sobre esta base inverosímil se ha desbordado la represión.

Una disposición del Ministerio de Defensa autorizó recientemente a las fuerzas policiales y militares a disparar contra los manifestantes. Sus consecuencias quedaron en evidencia el pasado martes, con el asesinato del manifestante adolescente Kluiverth Roa, a manos de un agente policial. El alcalde de Caracas, Antonio Ledezma, fue detenido sin orden judicial. Posteriormente, Maduro lo acusó de estar involucrado en el “golpe”, y ofreció como “prueba” un campo pagado, que Ledezma firmó con otros dirigentes opositores, sobre un posible gobierno de transición para superar la crisis. Está en marcha una iniciativa para desaforar al legislador Julio Borges, bajo los mismos cargos formulados a Ledezma. Han crecido los embates judiciales contra los alcaldes opositores en otras partes del país, lo mismo que el asedio contra las empresas privadas y los pocos medios de comunicación independientes que aún existen.

Sin duda, Maduro está empeñado en ahogar a la oposición antes de que haya elecciones, o incluso anularlas o irrespetar su resultado, si la situación empeora. Para hacerlo, nada parece detenerlo en sus métodos.

Por desgracia, el verdadero golpe de Estado que está en marcha en Venezuela tiene como actores principales a su presidente y al grupo más radical en el poder, posiblemente con asesoría de los agentes de seguridad cubanos. Es hora de que la comunidad internacional en general y, sobre todo, los países e instituciones latinoamericanos vayan más allá de manifestar imprecisas “preocupaciones” y llamados al “diálogo”, y tomen una acción más decidida para presionar a Maduro a que ponga fin al golpe propio y respete los derechos humanos y la democracia.

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