Opinión

EDITORIAL

Disciplina en las aulas

Actualizado el 20 de julio de 2010 a las 12:00 am

Los docentes se quejan de pérdida de autoridad y respeto en el aula. La afirmación es grave y debe ser escuchada

No hay que temerle a la discusión de sanciones apropiadas, por mucho que sea contraria a las corrientes predominantes en los últimos años

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Los educadores ocupan la primera línea en la lucha por formar a la juventud. Por eso siempre se les escuchó. Hoy claman por renovar los instrumentos disponibles para velar por la disciplina en el aula, pero su voz no tiene el peso de antaño. Frente al reclamo de los maestros, el Ministerio de Educación posee un repertorio de respuestas a tono con las políticas enraizadas en los últimos tiempos. Diálogo, sí, y también comprensión y respeto. ¿Existe, sin embargo, algún espacio para las sanciones apropiadas?

Alexander Ovares, presidente de la Asociación Nacional de Educadores (ANDE), denuncia el abuso de los derechos de los estudiantes en detrimento de los derechos del docente. El abuso, es importante no olvidarlo, también perjudica a los demás alumnos. El estudiante, dice Ovares, no siente respeto por la autoridad del educador. La afirmación es grave y compartida por miles de docentes. El número es suficiente para que se les escuche.

El Ministerio de Educación Pública se apresta a poner en práctica un plan de convivencia basado en la cooperación con instituciones comunales y otros recursos necesarios para habilitar un espacio de reflexión por medio de debates, mesas redondas y cineforos. Los programas de Educación Cívica, Música y Artes Plásticas también contemplan elementos orientados a educar para la convivencia. Además, se intensificará la capacitación de los educadores. Todas las iniciativas son buenas y el recurso del diálogo y la comprensión como reacciones primarias no tiene sustituto.

Falta, sin embargo, abrir también un espacio para las legítimas preocupaciones de los educadores y sus propuestas de solución. Los docentes introducirán en la discusión, sin lugar a dudas, la necesidad de valorar medidas disciplinarias más directas. No hay que temerle a esa discusión, muy contraria a las corrientes predominantes en los últimos años. Todos coinciden en la necesidad de fijar límites a los adolescentes, pero la pregunta es cómo proceder cuando el límite es sistemáticamente rebasado.

La nota de conducta alguna vez sirvió para responder a los abusos. Una mala nota de conducta unida a un promedio inferior a 80 en otras materias exigía la repetición del año. En noviembre del 2008, el Ministerio estimó inconveniente la sanción porque obliga al alumno a repetir materias ya ganadas. El MEP lleva razón. Semejante medida contribuiría a la deserción de las aulas y su utilidad pedagógica es cuestionable. Sin embargo, tampoco hay valor pedagógico en la impunidad o sus cercanos equivalentes. En este momento, la nota de conducta y el mal rendimiento académico apenas resultarán en la asignación de un proyecto adicional, un esfuerzo muy limitado en compensación por meses de conducta disociadora y perjudicial para condiscípulos y profesores.

No abogamos por el retorno a la máxima de “la letra con sangre entra”, ni mucho menos, pero sí por el establecimiento de mecanismos capaces de disuadir y sancionar cuando las vías del diálogo se agotan y las aspiraciones de convivencia se ven traicionadas.

Tampoco se nos acuse de simplistas. La nota de conducta, en su versión derogada, no bastaba para enfrentar los problemas. Es necesario un repertorio de medidas, incluidas las menos drásticas y muy formativas impulsadas por el Ministerio de Educación. Los docentes sabrán proponerlas y las autoridades educativas estarán en capacidad de guiar la discusión. Lo importante es que las quejas de los educadores y su clamor por mecanismos aptos para conservar la disciplina en el aula no sean desoídos ni descartados a priori por rebeldía frente al legado de la educación excesivamente vertical y autoritaria. En alguna parte está el justo medio.

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