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Desafíos en México

Actualizado el 09 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

La violencia encarada por Felipe Calderón a partir del 2006, que emergió con fuerza durante el gobierno de Vicente Fox, disminuyó este año

El “Pacto con México” de la nueva administración constituye un prontuario de lo que urgentemente necesita el país para avanzar

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Al tomar posesión de la Presidencia de México, el victorioso postulante del Partido Revolucionario Institucional (PRI), Enrique Peña Nieto, recibió del mandatario saliente, Felipe Calderón, una nación aquejada por la corrupción y grave violencia nutrida por el narcotráfico, pero, sobre todo, un pueblo ansioso de paz y de mejores oportunidades.

El retrato de México hace seis años, cuando tomó la conducción del Gobierno el candidato del entonces oficialista Partido Acción Nacional (PAN) presentaba rasgos más preocupantes que el actual. Un importante estudio de Viridiana Ríos, investigadora de Harvard, ha vertido luz sobre una realidad generalmente ignorada: la violencia encarada por Calderón en el 2006, que emergió con fuerza dos años antes y obligó al Gobierno presidido por Vicente Fox, también del PAN, a librar una dura batalla contra las organizaciones de las drogas, disminuyó este año.

El estudio demuestra el cambio con hechos y cifras. En el indicador crucial de la violencia, comparado con los primeros seis meses del año pasado, decayó un 15% en el primer semestre del 2012. Habrá que ver los números correspondientes al segundo semestre para hacer una evaluación más firme.

Tampoco hay claridad sobre la política de la nueva administración en esta delicada materia. Más allá de las alentadoras promesas de campaña, las ideas de la administración Peña Nieto están aún en gestación.

En el vistoso acto oficial de traspaso de la jefatura de gobierno, el presidente retomó algunas de esas promesas. Curiosa la semejanza de los mensajes inaugurales en nuestros países latinoamericanos, todos con notas azucaradas de paz, progreso y, a partir de la moda instaurada por Obama en Washington, de cambio inminente.

No obstante, al día siguiente de la inauguración, la Presidencia distribuyó un documento titulado “Pacto por México”, una especie de folleto que recoge algunas ideas del mandatario sin concretar las políticas y medidas indispensables para implementar el ambicioso programa. Como señaló el Financial Times , no solo es el lenguaje, sino también los objetivos, los que tornan vaporoso al Pacto.

Sin embargo, a pesar de sus debilidades, el Pacto constituye un prontuario de lo que urgentemente necesita México para avanzar de manera firme y segura.

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Para empezar, apunta a liberalizar las comunicaciones con novedosos mecanismos para incrementar la competencia y la calidad. Prosigue con medidas necesarias para mejorar la educación, hasta ahora dominada por el sindicato de educadores regido por Elba Esther Gordillo, quien reparte puestos y honores con sentido burocrático, divorciado del objetivo de elevar la calidad académica.

Con indudable acierto, el proyecto enfoca el espinoso tema de la energía, que pasa inevitablemente por el monopolio de Pemex y los obstáculos para liberalizar su mando sindicalizado. Desde hace décadas se habla del imperativo de privatizar algo, o todo, de lo que comprende Pemex. Ahora, Peña Nieto apunta, no a privatizar el gigantesco monopolio, sino más bien a permitir contrataciones con empresas particulares para tareas específicas, como refinar petróleo y distri buir gas y petróleo. Los pronósticos para el éxito de estos pasos son pesimistas, tomando en cuenta que el mando de la institución seguirá siendo el mismo.

Para la consecución de sus objetivos, el Pacto insiste en la necesidad de un consenso de partidos políticos a fin de proporcionar solidez a las iniciativas. Con solo la receta del consenso de partidos, los augurios no son positivos. Este remedio, como ya se ha visto en otros países y en proyectos en México, perfila una receta para la parálisis. Más allá del Pacto, hay temores de que Peña Nieto se aferre a las políticas desacreditadas del PRI, si bien revestidas de mejores relaciones públicas y su encanto personal.

En cuanto a las relaciones con nuestra región, poco se ha dicho. En tiempos de Fox, México ofreció realizar proyectos energéticos en Centroamérica, incluida un refinería. Calderón también se pronunció en Washington a favor de esos planes, pero no pasaron a más. Quizás esta transición presidencial sea propicia para plantear y ojalá consolidar planes nacionales en colaboración con México, tomando en cuenta el desarrollo de nuevas industrias. Avanzar en este ámbito sería un logro para nuestra diplomacia.

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