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EDITORIAL

Datos asombrosos

Actualizado el 02 de agosto de 2016 a las 12:00 am

En el 2015, las autoridades decomisaron 438 puñales y 39 armas de fuego a estudiantes de escuelas y colegios

El fenómeno se presenta en centros educativos públicos y privados. Aunque es más frecuente en zonas urbanas, también existe en las rurales

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Los datos sobre portación de armas por estudiantes en sus centros educativos causan cascadas de asombro. En el 2015, las autoridades decomisaron 438 puñales. El dato es preocupante y en sí mismo sorprendente, pero el desconcierto crece cuando se constata, además, la incautación de 39 armas de fuego en el mismo periodo.

Con eso bastaría para justificar la alarma, mas el panorama es aún peor. No todas las armas fueron incautadas en colegios, como sería de esperar. Ciento cuarenta y cinco de ellas estaban en manos de alumnos de primaria, incluidas diez de fuego y, para no salir del asombro, hubo nueve decomisos en el nivel preescolar, dos de ellos de armas de fuego.

Peor aún, no pocas pistolas son hechizas. Es decir, hay alumnos en nuestro sistema educativo con los conocimientos necesarios para fabricar un arma de fuego rudimentaria o, cuando menos, con los contactos necesarios para adquirirla, lo cual indicaría una peligrosísima cercanía a los bajos mundos donde existen esos conocimientos.

El fenómeno se presenta en centros educativos públicos y privados. Aunque es más frecuente en zonas urbanas, también existe en las rurales. A partir del 2012, las autoridades del Ministerio de Educación Pública (MEP), en coordinación con la Fuerza Pública, establecieron un protocolo de inspección para evitar el ingreso de armas a escuelas y colegios. Desde entonces, incautaron 1.790 de ellas.

El esfuerzo es valioso y debe intensificarse, pero también son importantes los programas educativos implantados para influir en la conducta de los jóvenes. El primer objetivo es hacer de los centros educativos zonas seguras, libres de armas, pero el problema se extiende más allá de los planteles educativos. Un joven tan apegado a las armas como para intentar introducirlas en su escuela o colegio, seguramente las portará despreocupado por las calles.

Por eso las guías desarrolladas por el MEP no están exclusivamente dirigidas a maestros y estudiantes, sino también a los padres de familia, primeros en responsabilidad en esta materia. La preocupación debe partir de la familia y la comunidad. Un muchacho armado es un peligro para los demás y también para sí mismo.

Los esfuerzos del MEP no pueden dejar de verse complementados por la acción policial. Cuando se hace un decomiso, la proximidad de un adulto es segura. Las autoridades deben investigar el origen de las armas halladas en posesión de menores para sentar las responsabilidades del caso.

También es preciso mejorar los perímetros de seguridad en torno a los centros educativos. No faltan alumnos que explican la portación de un arma por su temor a transitar desde el hogar a expensas de la delincuencia. El MEP les explica la conveniencia de caminar acompañados, pero no armados. En esto hay un clarísimo papel para la familia y la comunidad, aunque los educadores piden colaboración a la Fuerza Pública para escoltar a los alumnos. Cuando no sea posible, una comunidad bien organizada podría aportar la vigilancia.

Los decomisos de armas denotan un gravísimo problema, imposible de resolver para una sola institución. La respuesta debe ser conjunta y nadie puede declararse desinteresado. Las conductas aprendidas a tan corta edad acompañarán a los jóvenes por el resto de sus vidas, aun cuando la portación del arma no se haga con intención de delinquir, sino verdaderamente por temor a sufrir un ataque. Las estadísticas policiales no dejan duda sobre el aumento del peligro con la sola presencia de un arma. Un accidente, un arrebato de furia o la inexperiencia pueden poner fin a la vida del portador o de quienes estén en sus proximidades.

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