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Cumbres borrascosas

Actualizado el 09 de noviembre de 2012 a las 12:00 am

El Partido Comunista de China celebra su decimoctavo congreso, estremecido por los escándalos de su cúpula

La turbulencia cobra vida en las redes sociales y apunta a la decepción de millones de ciudadanos, en particular los jóvenes, con las instituciones totalitarias

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El Partido Comunista de la República Popular China, en el marco de su decimoctavo congreso reunido esta semana en Pekín, concretará importantes cambios en la cúpula del Gobierno y las Fuerzas Armadas. Asimismo, habrá un realineamiento de los cuadros rectores del partido. Las designaciones, además de arrojar luz sobre las áreas problemáticas de la administración, ofrecen una idea de los rumbos que tomará la superpotencia asiática, sobre todo en el ámbito estratégico, a partir de este año.

El evento en Pekín reúne alrededor de tres mil delegados y miembros de órganos partidarios, incluidos 25 integrantes del Buró Político, de los cuales 7 conforman el comité permanente. Hasta ahora, eran nueve los integrantes, pero ajustes y discordias internas determinaron la disminución. El cónclave tiene lugar en el inmenso Salón de los Pueblos, en Tiananmen, cerca de la escena de la masacre de estudiantes y disidentes perpetrada por las Fuerzas Armadas en junio de 1989.

En la actualidad, el horizonte político lo ensombrecen dos escándalos que involucran a la aristocracia comunista. El primero es el affaire de Bo Xilai, su esposa Gu Kailai –condenada por homicidio– su hijo y varios antiguos colaboradores. Bo era, hasta hace algunos meses, un príncipe del Partido Comunista, miembro del Politburó y postulante para el comité permanente, para lo cual mantenía constantes comunicaciones con poderosas figuras del Comité Central y de las Fuerzas Armadas. Mucho del atractivo de Bo derivaba del polémico matiz izquierdista de su pensamiento, afín a las corrientes que inspiraron la Revolución Cultural.

La otra conmoción que sacude a la jerarquía comunista china proviene de un reciente reportaje de primera página del New York Times, que detalla las fortunas amasadas por la familia inmediata del primer ministro Wen Jiabao. Las cifras, cercanas a los $3.000 millones, proceden de documentos auténticos y estados financieros de importantes instituciones bancarias y empresariales de China y Hong Kong.

La minuciosa investigación del diario norteamericano expone cómo los altos cargos en la nomenklatura comunista china conllevan influencias que se traducen en privilegios y fortunas indebidas. Wen respondió con una negación de los hechos y la amenaza de plantear acciones judiciales contra el Times. Entre tanto, el extenso reportaje continúa produciendo olas. Desde luego, la intervención de la censura china ha chocado con la realidad de 500 millones de ciudadanos, la mayoría jóvenes, que tienen acceso a las redes sociales y, en general, a Internet.

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Un mensaje similar de abuso de las funciones públicas vincula el drama de Bo con la danza de los millones de Wen. En ambos, el abuso del cargo público a cuyo abrigo se tejen redes financieras y componendas de diversa índole, poseen dimensiones que se extienden al ámbito penal.

Esta dimensión es particularmente notoria en la trama de Bo y su esposa, Gu, una joven y atractiva abogada dedicada a la promoción de negocios, en especial de clientes foráneos. Uno de ellos, el británico Neil Heywood, llegó a ser una fuente copiosa de clientes corporativos atraídos por la ágil resolución de sus asuntos que Gu prometía. Heywood pasó a transformarse en socio, pero, de mayor importancia, también devino en íntimo amigo de la familia Xilai.

Desafortunadamente, la relación de Gu con Heywood se agrió por discrepancias financieras y una serie de amenazas recíprocas que condujeron al asesinato del británico. Salió a relucir que el occiso informaba periódicamente de las intimidades de la familia al MI6, la red de inteligencia inglesa.

En todo caso, la trama pasional y el homicidio de Heywood eran una carga explosiva a las puertas del congreso comunista. El resultado fue la expulsión de Bo del partido único y su enjuiciamiento por diversos crímenes que lo mantienen en prisión. Gu confesó y purga también una larga condena carcelaria.

Es claro que las tramas de Bo y Wen, dos figuras cimeras del aparato comunista, sobre todo Wen, exigían una resolución pronta. Eso se cumplió, pero la turbulencia ha cobrado nueva vida en las redes sociales y apunta a la decepción de millones de ciudadanos, en particular los jóvenes, con las instituciones totalitarias comunistas establecidas por Mao por inspiración de Stalin.

Los dramas en Pekín recuerdan las andanzas de dictadores, incluidos los latinoamericanos, enriquecidos a costa de la tortura colectiva de sus pueblos. Los relatos sobre fortunas robadas de las arcas estatales y trasladadas materialmente en avión o en valijas de secuaces, son ampliamente conocidos en nuestro hemisferio y se repiten a lo largo y ancho del planeta. La autodestrucción que germina a la sombra de los crímenes de todo orden perpetrados por déspotas, difícilmente hará excepción en China.

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