Opinión

EDITORIAL

Cultura del desperdicio

Actualizado el 21 de mayo de 2013 a las 12:00 am

El país carece de un marco de ordenamiento territorial que permita proteger los recursos hídricos del crecimiento urbano sin control.

Mientras la huella hídrica promedio per cápita en el planeta es de 1.385 metros cúbicos (m³) por año, cada costarricense consume en promedio 1.490 m³ anuales.

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La extensión de la estación seca, que se convirtió en sequía en la zona norte del país, el descenso en el nivel de lluvias en el 2012 y la falta de un sistema de embalses recolectores ha provocado una escasez de agua que afecta al menos a una de cada cuatro personas en la Gran Área Metropolitana (GAM). Como revela una serie de reportajes de La Nación, la situación es desesperada en ciertas comunidades de Alajuelita, Aserrí, Desamparados, Ciudad Colón, El Tejar de El Guarco, Sixaola y San Carlos, y podría empeorar en el 2014.

A la inestabilidad en el patrón de precipitaciones, que tendrá graves consecuencias sobre la agricultura centroamericana, en nuestro caso se añaden dos problemas de fondo. Por un lado, la ausencia de un marco de ordenamiento territorial que permita proteger los recursos hídricos del crecimiento urbano sin control ni planificación; y, por el otro, la cultura del desperdicio. Durante décadas, el costarricense, acostumbrado a seis o siete meses de lluvia, ha utilizado el agua a su antojo, como si fuera una fuente inagotable. La realidad actual, sin embargo, es otra.

En el 2011, el Estado de la Nación presentó las conclusiones de un estudio realizado en Cartago, el año anterior, que muestra que en una población de 232 hogares solo el 66% contaba con medidor. En el grupo restante el consumo de agua es alarmante y alcanza un promedio de 422 litros por persona al día, mientras que en Zaragoza, una de las ciudades españolas de mayor ahorro, el consumo es apenas de 96 litros.

Según Jorge Bonilla, director de Agua del Ministerio de Ambiente y Energía (Minae), el promedio local es de 250 litros diarios, lo cual es excesivo si se compara con la capacidad instalada del país y con parámetros internacionales. Megalópolis como el Distrito Federal de México, por ejemplo, donde el agua potable es un factor crítico, han reducido la factura hasta en un 40% gracias a la implementación de tecnologías alternativas en servicios sanitarios y grifos y campañas preventivas sobre el uso eficiente del líquido.

El Estado de la Nación, en su edición del 2012, recoge los aportes del estudio internacional La huella del agua, en el que se concluye que la población costarricense “utiliza un 31,2% más del agua que le puede dar el territorio. Mientras la huella hídrica promedio per cápita en el planeta es de 1.385 metros cúbicos (m³) por año, cada costarricense consume en promedio 1.490 m³ anuales, es decir, un 8% más que el promedio mundial”.

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En nuestro país, el agua potable llega a un 90% de la población, lo que lo coloca en primer lugar de cobertura en Latinoamérica. Si se quiere, el despilfarro es un efecto no deseado de uno de los mayores logros del sistema social costarricense, pero debe controlarse y someterse con urgencia a un proceso de racionalización y de conciencia ciudadana, si queremos preservar tan valioso recurso para las presentes y futuras generaciones.

El otro aspecto esencial es el ordenamiento territorial, sin el cual es imposible coordinar el desarrollo urbano, el uso sostenible y responsable de los recursos hídricos y la gestión ambiental. En nuestro país, el 80% del líquido destinado a consumo humano proviene de aguas subterráneas, por lo tanto la protección de las cuencas y de los mantos acuíferos debe ser prioritaria. Sin embargo, en la actualidad se desconoce la disponibilidad de estas fuentes y el estudio técnico tiene un costo de ¢800 millones.

Como se ha dicho, debido a la falta de voluntad política, el país experimenta un rezago de medio siglo en su planificación urbana y en la modernización de la ley de aguas, que data de 1942. Esta normativa es fundamental para estimular una cultura del ahorro y de la protección ambiental y salvaguardar recursos hídricos que en la actualidad están expuestos al uso inadecuado del suelo, la explotación ilegal y la contaminación.

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