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EDITORIAL

Cruenta espiral en Sudán del Sur

Actualizado el 27 de abril de 2014 a las 12:00 am

Las cifras de muertos, heridos y desplazados se incrementan en Sudán del Sur por los sangrientos enfrentamientos entre etnias y tribus

Lo que acaece en ese país, a vista y paciencia de la comunidad internacional, exige una intervención más decidida y robusta de la ONU

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La escalada de violencia y muerte en Sudán del Sur ha alcanzado números hasta hace poco impensables. Hoy, las cifras de muertos, heridos y desplazados se incrementan por los cruentos enfrentamientos entre etnias y tribus que, según se suponía, compartían un sentimiento de fraternidad nacional.

Lamentablemente, la hostilidad desenfrenada entre las principales corrientes étnicas que dominan el panorama sangriento del joven país pareciera reeditar e intensificar los tristes hechos en la historia reciente de Sudán del Sur. Incluso, para quienes analizan el curso y dinámica de las cifras disponibles, lo que hoy ocurre en esa nación se acerca peligrosamente a las horrendas degollinas que solían predominar en la zona oriental del continente.

La causa de la agudización proviene de rivalidades en torno al petróleo, que provee al país un 90% del monto de sus importaciones. La crónica de la crisis actual se remonta al año 2011, cuando se selló la partición de Sudán en dos países: el actual Sudán y Sudán del Sur. El contexto mostraba un predominio étnico de árabes musulmanes en Sudán y de etnias y tribus con diversas filiaciones religiosas, sobre todo cristianas, en el Sur.

Previamente al compromiso de la partición, la guerra civil alternaba entre acuerdos para pacificar al país y los choques entre insurgentes. En consecuencia, cuando finalmente se llegó a la partición territorial y el establecimiento formal de Sudán del Sur, la clase política la integraban mayormente líderes guerrilleros.

El Gobierno establecido en el 2011 era presidido por Salva Kiir, y Riek Machar era el vicepresidente. En julio del 2013, el presidente Kiir destituyó a Machar, a quien acusó de fraguar un golpe armado para establecer un nuevo Gobierno, purgado de Kiir y sus colaboradores. El rompimiento se tradujo en renovados combates entre tropas del Ejército y los seguidores de Machar. El curso de los acontecimientos llevó a sangrientos enfrentamientos entre las tropas de Kiir y los amigos y colegas de Machar.

Para diciembre, los choques entre bandos ya habían generado miles de muertos y más de un millón de desplazados. Ya a esas alturas, la guerra se había tornado en una fiera pugna étnica entre los nuer y dinkas, las mayores tribus del país, con la gente dinka en el campo de Kiir y los nuer del lado de Machar.

La última semana, a pesar de haberse acordado un cese del fuego en enero, se libraban intensos combates por el control de ricas fuentes petroleras. Al abrigo de la lucha, centenares, posiblemente miles, fueron masacrados. Las escenas de cadáveres descuartizados que yacían en las calles conmovieron al mundo. La sangre corría también en mezquitas e iglesias, donde las fuerzas de Machar buscaron afanosamente a personas identificadas por su etnia para asesinarlas. Asimismo, declaraciones de combatientes dejaron en claro que el Gobierno sudanés suple a Machar armas y militantes islamistas árabes para reforzar y también liderar la lucha.

A este respecto, la violencia ha sido incitada por la radio de manera constante. El ángulo presenta semejanza con los infaustos sucesos genocidas en Ruanda, en 1994, donde se perpetraron crímenes contra la humanidad inéditos en África.

El remezón de lo que acaece en Sudán del Sur, a vista y paciencia de la comunidad internacional, exige una intervención más decidida y robusta de la ONU, ojalá en colaboración con los organismos africanos.

Esta transición quizás no se plasme debido al coro de quienes objetan acciones humanitarias de esta naturaleza. Entre tanto, los campamentos de refugiados se desbordan, al tiempo que las epidemias se propagan por las condiciones insalubres que ahí predominan.

He aquí una iniciativa humanitaria que las democracias latinoamericanas podrían promover. Sería invertir más provechosamente el tiempo de los funcionarios llamados a establecer agendas del quehacer internacional.

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