Opinión

EDITORIAL

Crudas realidades en Venezuela

Actualizado el 16 de enero de 2010 a las 12:00 am

 La devaluación y los apagones reflejan la incompetencia del régimen de Chávez

 En lugar de buscar soluciones sólidas, de nuevo se ha impuesto el cortoplacismo

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Este año comenzó Venezuela con un fuerte golpe de realidad para toda su población; incluso para el Gobierno de Hugo Chávez, cuya incompetencia, corrupción, autoritarismo y falta de transparencia son la causa directa de los problemas. Pero, como si no comprendiera estas razones y los costos crecientes que imponen al país, las “soluciones” anunciadas difícilmente tendrán éxito; más aún, es casi inevitable que empeoren la situación.

De manera sucesiva, el Presidente anunció una fuerte devaluación del bolívar (moneda venezolana) y la imposición de graves cortes de electricidad en todo el país, en cuyo interior, por cierto, se hacían sentir desde hace varias semanas.

La devaluación era inevitable. Desde el 2005, a pesar de la fuerte inflación interna, el tipo de cambio oficial había sido de 2,15 bolívares por dólar, mientras en el mercado paralelo se cotizaba a tres veces tal valor. Esa situación artificial, sumada al desastroso manejo económico general, ya ha producido graves daños sobre la producción venezolana y la competitividad (de por sí muy baja) de sus productos. Por ejemplo, la actividad económica decreció un 2,9% el pasado año; además, se produjo el desabastecimiento de muchos productos. Pero la manera en que se aplicará la devaluación difícilmente implicará mejoras.

En lugar de un único tipo de cambio, se han establecido tres: el oficial, que se aplicará a la importación de productos considerados “básicos”, y que será de 2,66 por dólar; el “petrolero”, para el resto de las importaciones, de 4,3 bolívares por dólar, y el de mercado, que quedaría libre. Este complejo sistema, además de fomentar aún más la endémica corrupción, mediante la gran discrecionalidad que otorga a los funcionarios, implicará serias distorsiones económicas.

Como resultado, crecerá la inflación. En el 2009 llegó al 25% (una de las más altas del mundo), pero muchos economistas vaticinan que en este cerrará alrededor del 40%. En lo inmediato, sin embargo, al recibir muchos más bolívares por cada barril de petróleo o tonelada de acero exportado, el Gobierno tendrá una gran cantidad de moneda para mantener un alto nivel de gasto y reparto. Es algo insostenible a mediano plazo, y se convertirá en una presión inflacionaria adicional, pero, en lo inmediato, le permitirá seguir con una política de populismo cortoplacista, con vistas a las elecciones legislativas del próximo setiembre.

Sin embargo, más allá del inevitable efecto catastrófico sobre la economía, también existe un riesgo político con el nuevo sistema cambiario: la confusión e incertidumbre que ya sufre la población, y la alta probabilidad de que muchos incrementos de precios se hagan sentir mucho más rápido de lo que el Gobierno desea.

A lo anterior se unen, con demoledores consecuencias inmediatas, los apagones prolongados y generalizados, que han generado un verdadero caos en la vida cotidiana de la población e, incluso, amenazan las actividades de una gran cantidad de industrias. Es cierto, como dicen las autoridades, que parte de la causa es el bajo nivel de aguas de la represa Guri, la tercera más grande del mundo, que provee, aproximadamente, del 75% de las necesidades de electricidad. Pero a esto se añaden la falta de mantenimiento en las fuentes generadoras y la red distribuidora; las nulas inversiones en nuevas opciones energéticas; la corrupción en la canalización de recursos dentro del sector, y el desorden de las autoridades en la administración de la escasez.

La mejor evidencia de esto último es que, tras apenas tres meses de creado el Ministerio de Energía, para “resolver” estos problemas, su titular fue destituido por Chávez, quien ha tratado de convertirlo en chivo expiatorio del desastre generalizado; simultáneamente, anunció la suspensión del racionamiento eléctrico en Caracas. La gran duda es si esta medida será sostenible; también, cuál será el impacto para el resto del país.

La triste conclusión es que, ante las consecuencias inevitables de su arbitraria gestión, Chávez, nuevamente, se ha inclinado por medidas destinadas a cumplir objetivos políticos de cortísimo plazo, pero con pésimas consecuencias a mediano y largo plazo. He aquí una característica esencial de su “socialismo del siglo XXI”.

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