Opinión

EDITORIAL

Contradicciones del Frente Amplio

Actualizado el 13 de febrero de 2015 a las 12:00 am

José María Villalta renuncia a hacer historia y niega haber obligado a Ronal Vargas a abandonar la curul

La verdad, ya muy bien establecida, es que el Frente Amplio intentó ocultar los motivos de la dimisión

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Cuando La Nación reveló las verdaderas causas de la renuncia del diputado Ronal Vargas, José María Villalta, excandidato presidencial del Frente Amplio, nos reclamó haber tergiversado los hechos. En su criterio, la noticia no era la falsedad de la versión presentada al país entre lágrimas y pesares. Lo relevante, según dijo, es que “es la primera vez en la historia que un diputado es obligado a renunciar por su propio partido, por un caso de acoso sexual”.

Súbitamente, luego de la gestión interpuesta por Vargas ante el Tribunal Supremo de Elecciones para que se le restituya alegando una supuesta coacción de altas autoridades del partido, Villalta renuncia a hacer historia y niega haberlo obligado a abandonar la curul.

La verdad, ya muy bien establecida, es que el Frente Amplio intentó ocultar los motivos de la dimisión. Cuando este diario los reveló, el partido dijo haber guardado silencio para proteger a la víctima. La Nación lleva días informando sobre el caso sin dar a conocer el nombre de la afectada. Si llegó a conocerse en algún punto del ciberespacio es por boca de los involucrados, es decir, por miembros del Frente Amplio.

Los dirigentes pudieron decir la verdad, reservándose la identidad de la afectada. Como no lo hicieron, la protección a la víctima se extendió al partido y, también, al presunto victimario, que salió del Congreso homenajeado con la dedicatoria de una votación, lágrimas de todos los bandos políticos y hasta elogios del presidente de la República que lo llamó, bajo engaño, “un rayo de luz”.

Ante la indignación de los sorprendidos de buena fe, el Frente Amplio admitió haber cometido un “error” al no desmentir a Vargas en el acto, cuando atribuyó su retiro a una grave enfermedad. La confesión del error pone de manifiesto los límites del compromiso del Frente Amplio con la supuesta protección de la víctima. Si los dirigentes hubieran desmentido a Vargas en el plenario, se habrían visto obligados a decir la misma verdad que intentaban ocultar, según ellos, para proteger a la afectada.

Si la confesión del error es sincera, lleva implícita la admisión de que el partido debió abandonar tan radical “protección” de la víctima cuando Vargas se excedió en la dramatización. ¿Por qué no hacer lo mismo desde el inicio, reservándose la identidad de la ofendida?

El Frente Amplio considera apropiado ocultarle la verdad al país, supuestamente para proteger a la víctima, y permitir la salida del presunto victimario bajo cubierta del alegato de “razones personales”, pero dice haber errado al no decir la verdad, no obstante el compromiso con la protección a la víctima, cuando Vargas dramatizó en exceso las “razones personales” y engañó a los diputados.

El alegato de protección a la víctima vale para confundir a la ciudadanía, pero es un “error” utilizarlo para justificar el engaño a quienes la representan en el Congreso. Vale para facilitar la salida de Vargas “por razones personales”, no por las verdaderas, pero no para cobijar una falsedad apenas un poco más grande, como la supuesta enfermedad.

La admisión del error, claro está, se produce cuando La Nación “tergiversa” los hechos, rehúsa reconocer los méritos históricos a los cuales el Frente Amplio ahora renuncia y los engañados se indignan con el conocimiento de la verdad. Es decir, la dirigencia lamenta el “error” porque afecta al Frente Amplio, con independencia de la presunta víctima. Vargas, por su parte, no se cansa de decir que la protección del partido fue siempre la intención de los dirigentes.

Pero tampoco es cierto que el “error” se limitara al silencio observado por la fracción del Frente Amplio mientras Vargas anunciaba el abandono de la curul merced a su inexistente enfermedad. La bancada hizo mucho más que eso, sumándose al sainete con lágrimas, lamentos, fotografías y participación solemne en la votación dedicada a homenajear al dimitente.

Por añadidura, según Villalta, cuando hablaron con el exdiputado para convencerlo de renunciar –ya no para “obligarlo”–, le advirtieron que, “tarde o temprano”, el tema saldría a la luz. En ese caso, nada se ganaba ocultando al país la verdad con la supuesta intención de proteger a la víctima. Solo el partido ganaba con la posposición del escándalo para un mejor momento, cuando Vargas llevara un tiempo alejado de la curul y el caso pudiera plantearse como la disección de un hecho pasado.

Todo esto, sin contar con la posibilidad de que el asunto nunca se llegara a conocer, pese a la determinante advertencia recibida por el exdiputado sobre la imposibilidad de taparlo para siempre. Sin duda, el Frente Amplio lo habría preferido, aunque la historia no registrara su pretendida hazaña.

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