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EDITORIAL

Círculos fiscales

Actualizado el 02 de diciembre de 2013 a las 12:05 am

Cuando los egresos presupuestarios exceden a los ingresos, surge el déficit fiscal y comienzan a generarse una serie de nocivos efectos concatenados

La reforma tributaria debería producir, al menos, el equivalente al 2,5% del PIB. Si se redujera el gasto en un porcentaje similar, el faltante sería manejable

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Dos círculos fiscales se han llegado a establecer muy claramente en la literatura y práctica de las finanzas públicas: uno vicioso y otro virtuoso. Es importante que el país, incluyendo contribuyentes, funcionarios y actores políticos, los conozca a cabalidad para desechar el primero y abrazar el segundo.

Círculo vicioso: Partiendo de un ejercicio de relaciones de causa y efecto, podemos describir el primero de la siguiente manera: cuando los egresos presupuestarios exceden a los ingresos, surge el déficit fiscal y comienzan a generarse una serie de efectos concatenados. El primero, obviamente, es la necesidad de buscar financiamiento, que puede ser en el sistema financiero nacional o internacional (o en ambos), con efectos distintos pero negativos.

Si el financiamiento se produce dentro del país, la mayor demanda de recursos del sector público presiona las tasas de interés y tenemos ahí, visiblemente, el primer efecto negativo: cuanto mayor sea el costo del dinero, más se afectarán la inversión y el crecimiento de la producción. Si el financiamiento se procura en el exterior –como, por ejemplo, al emitir eurobonos–, no hay presión sobre las tasas de interés en el mercado financiero interno, pero la mayor oferta de divisas provenientes de la deuda externa presiona el tipo de cambio a la baja y afecta la rentabilidad de las exportaciones y la producción.

Hay otras consecuencias asociadas con el déficit fiscal y su financiamiento. El incremento de la deuda pública es uno de ellos. Cuando sobrepasa el 50% del PIB, como ahora, se vuelve una carga difícil de sobrellevar, presionando, de nuevo, las tasas de interés al renovar los vencimientos, que compiten con las emisiones de deuda del sector privado, especialmente de los bancos, financieras y grandes empresas que se financian emitiendo títulos de deuda. Cuanto más cuesten los recursos, menos proyectos de inversión alcanzarán la rentabilidad necesaria para cubrir los intereses y generar ganancia, afectando una vez más la inversión y el crecimiento.

A esas alturas del proceso, el círculo vicioso del desequilibrio fiscal crece como un cáncer. La pérdida de dinamismo de la producción deprime la recaudación, íntimamente ligada con la expansión del PIB, genera mayor déficit fiscal, provoca endeudamiento interno o externo, eleva las tasas de interés que, a su vez, afectan la inversión, terminando en un mayor déficit fiscal.

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Además, se corre el riesgo de que las calificadoras internacionales le bajen la nota al país, encarezcan así el financiamiento externo, y mermen los altos niveles de inversión extranjera directa que hemos tenido en los últimos años. Por demás está decir que una menor inversión extranjera directa restaría dinamismo a las tasas de crecimiento de las exportaciones, producción y generación de empleo, que es otra variable clave de la macroeconomía.

El incremento de la deuda pública produce otros efectos económicos y sociales muy negativos en la composición del gasto. Cuanto mayor sea la partida de intereses, menor capacidad tendrá el Estado para financiar otros programas sociales que demandan su atención, como salud, educación e infraestructura. Esta última es de las que más se sacrifican, como se ha podido observar en los últimos presupuestos ordinarios, en detrimento de la productividad nacional y, a medio y largo plazo, también del crecimiento y empleo.

El estrujamiento fiscal tiene el potencial de producir otros efectos colaterales y riesgosos. Cuando el costo del dinero sube sin que se ajusten concomitantemente los ingresos de los deudores, pueden producirse fallas en la capacidad de pago e incrementarse la morosidad. Esta posibilidad –que, afortunadamente, no se presenta ahora– podría provocar una fuerte desestabilización del mercado financiero, como sucedió en EE. UU. y la Unión Europea durante la crisis. En Irlanda, por ejemplo, el Estado tuvo que intervenir para evitar la quiebra masiva de bancos y multiplicar su déficit fiscal, iniciando un nuevo círculo vicioso.

Otros países –Argentina y Venezuela ahora, Costa Rica en los 80 y Méjico en los 90– financiaron sus déficits fiscales mediante emisión monetaria del Banco Central, provocando alta inflación. Esas experiencias deben evitarse a toda costa. ¿Cómo? Ahí es donde entra a desempeñar un papel estelar el círculo beneficioso de lo fiscal.

Círculo virtuoso: Para enrumbar al país hacia las buenas relaciones de causalidad y magnificar sus efectos, es preciso comenzar por romper el círculo vicioso. Eso exige disminuir el déficit fiscal a corto plazo para dar un golpe inicial, y diseñar una política fiscal más comprensiva para sostenerlo en un porcentaje razonable del PIB, asociado con la tasa esperada de crecimiento real de la producción. Se darían así buenas señales al mercado y al país de que la cosa es en serio, alentando la inversión y el emprendimiento.

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El déficit fiscal se debe reducir por dos vías esenciales: recorte de gastos e incremento de ingresos. Ambos exigen medidas puntuales y valerosas. La reducción de gastos debe ir más allá de la simple reestructuración de entidades públicas, como pretende el Gobierno, incluyendo la eliminación de algunas de ellas y la privatización de otras (que podría ser una fuente efectiva de recursos para reducir la deuda acumulada y eliminar la presión actual y potencial sobre las tasas de interés).

También es necesario congelar las plazas en el Gobierno y sus instituciones (más allá de una simple reducción en sus tasas de crecimiento), así como modificar a fondo las remuneraciones de los servidores públicos, como hemos mencionado en editoriales recientes.

¿Cuánto deberían reducirse los gastos presupuestarios para bajar el déficit fiscal? Ese ejercicio de cálculo deberían realizarlo conjuntamente los ministerios de Hacienda y Planificación, teniendo en mente no solo lo cuantitativo, porque también son vitales los aspectos cualitativos de eficiencia y eficacia de las erogaciones.

Considerando, sin embargo, que no todos los gastos dictados por ley se han incluido en el Presupuesto Nacional (educación, entre otros), y que el faltante podría acercarse al 7% del PIB, una reducción del gasto equivalente a un 2,5% del PIB parece razonable.

El otro gran componente debe provenir del incremento de ingresos. Mejorar la recaudación debe ser un ejercicio permanente de toda administración tributaria, pero no va a ser suficiente. Hay consenso entre distintos sectores pensantes sobre la necesidad de convertir el impuesto sobre las ventas en uno al valor agregado, ampliando la base para incluir todos los servicios, el sector más dinámico de la economía, pero que contribuye relativamente poco.

También es preciso modificar el impuesto sobre la renta para eliminar o reducir exenciones, exoneraciones y exclusiones, restablecer los principios de igualdad y equidad, y modernizar la ley, que data de hace muchos años. Tal como lo recomienda el FMI, la reforma tributaria debería producir, al menos, el equivalente al 2,5% del PIB. Y, si se redujera el gasto en un porcentaje similar, el faltante rondaría el 2% del PIB y sería manejable.

En esa tesitura, se iniciaría un nuevo círculo virtuoso. Bajarían la inflación y las tasas de interés, tanto en términos nominales como reales, y se podría incrementar el crédito al sector privado (la programación macroeconómica del Banco Central contempla el crédito a los sectores público y privado). Con más crédito para producir, y a un menor costo, la inversión tendería a incrementarse, al igual que el crecimiento y los empleos. Mayores niveles de expansión del PIB producirían una mayor recaudación, como se demostró durante la gran expansión en la década anterior, reduciendo aún más el déficit o permitiendo mayores gastos sociales y el desarrollo de más infraestructura, que redundarían, también, en más crecimiento y productividad. Una fuerza laboral mejor educada y más saludable sería un excelente factor de desarrollo y generaría todavía más ingresos fiscales.

La reducción del déficit por esta doble vía evitaría el endeudamiento en el exterior, lo cual redundaría en un freno a la apreciación monetaria que ha afectado a los exportadores de bienes y servicios. Evitaríamos una rebaja de la calificación de riesgo, alejaríamos la sombra de una crisis financiera y se afianzaría la credibilidad de la economía nacional. Un verdadero círculo virtuoso.

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