Opinión

EDITORIAL

Ciclón en Washington

Actualizado el 13 de mayo de 2017 a las 10:00 pm

El ciclón político de esta semana en Washington comenzó con el abrupto despido del director del Buró Federal de Investigaciones (FBI), James Comey

El errático proceder del presidente Trump hace pensar en la posible reacción estadounidense ante amenazas contra la estabilidad y la paz mundial

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La capital norteamericana continúa sumida en una tormenta política. Las controversias en torno al presidente Donald Trump, lejos de amainar, crecen. Y la sacudida ya empieza a sacar de su estupor a importantes figuras del Partido Republicano. Sus contrapartes demócratas no han dado al mandatario descanso desde el día de su elección.

El ciclón político de esta semana comenzó con el abrupto despido del director del Buró Federal de Investigaciones (FBI), James Comey, hasta ese momento al timón de una crucial investigación sobre la injerencia rusa en la reciente campaña presidencial y, en general, en las decisiones sobre la seguridad nacional y la política exterior.

Los vientos que corren evocan a Watergate y al presidente Richard Nixon, quien debió renunciar al cargo luego de despedir al investigador especial Archibald Cox, encargado de esclarecer el célebre escándalo de espionaje político. El viernes, Trump incrementó las similitudes cuando insinuó la existencia de grabaciones de su encuentro con Comey, que podrían ser utilizadas para constatar la verdad de esas conversaciones. La renuncia de Nixon se precipitó, precisamente, por la existencia de grabaciones ordenadas por el mandatario sin conocimiento de sus interlocutores. En las cintas había pruebas de la participación del presidente en maniobras de encubrimiento del caso Watergate.

Al inicio de su gestión, Trump invitó a Comey a cenar en la Casa Blanca con el doble propósito de averiguar si había alguna investigación contra él y, de paso, pedirle un voto de fidelidad personal. El director del FBI se negó a dar la garantía solicitada. Ese episodio pudo haber sido el preludio del despido abrupto de Comey meses después. Las comparecencias del alto funcionario ante los congresistas y su insistencia en adelantar la investigación del problema ruso parecen haber sellado la decisión.

La conducta del mandatario, sumada a un cúmulo de incidentes de la misma naturaleza causados por él o sus subalternos, constituye un ataque frontal contra la integridad institucional, afirman los críticos del mandatario. Trump sabía que el FBI investigaba la posible colusión de cercanos colaboradores suyos con el espionaje de Rusia. En consecuencia, era de esperar que el cese de Comey despertara sospechas de un intento de descabezar y frustrar las averiguaciones.

Mientras se desarrollaba el escándalo, la administración acrecentó la tormenta con la visita a la Casa Blanca del canciller ruso, Serguéi Lavrov, y el embajador en Washington, ambos invitados por Trump, quien, además, prohibió el acceso a la actividad de la prensa estadounidense. Al mismo tiempo, se permitió el ingreso de un numeroso equipo de periodistas y fotógrafos rusos que acompañaban a Lavrov. Trump hizo saber que el encuentro fue instado por Vladimir Putin, el presidente ruso.

Nadie ha explicado por qué el Ejecutivo excluyó a los periodistas estadounidenses, pero en la comunicación donde evocó la posible existencia de grabaciones del encuentro con Comey, el presidente aludió a la posibilidad de dejar de celebrar conferencias de prensa.

El errático proceder del mandatario hace pensar en la posible reacción estadounidense ante las amenazas contra la estabilidad y la paz mundial, planteadas por el déspota norcoreano y el terrorismo, para citar dos ejemplos. La impulsividad es mala consejera y el manejo de las crisis políticas internas, como el despido de Comey, suscitan preocupación por posibles conductas desconcertantes en el escenario mundial, donde los riesgos son todavía mayores.

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