Opinión

EDITORIAL

Buen rumbo en Colombia

Actualizado el 14 de agosto de 2014 a las 12:00 am

Santos abrió su nuevo período de gobierno con energía, sensatez y buenos planes

La paz es necesaria, pero no suficiente para un gran avance en el bienestar

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Tras ser reelegido en segunda vuelta el 15 de junio, el presidente, Juan Manuel Santos, inició el pasado jueves 7 un nuevo cuatrienio de gobierno en Colombia, con dos grandes objetivos: hacer todos los esfuerzos necesarios para concluir exitosamente el laborioso proceso destinado a poner fin al conflicto armado con la guerrilla, e impulsar las medidas necesarias para que, dentro de una década, el país goce de “paz total” y equidad, y sea “el más educado de América Latina”.

Las metas, planteadas en su discurso de asunción, son ambiciosas y de difícil alcance. Sin embargo, desde su primer período, y asentado en varios logros del expresidente Álvaro Uribe (del que Santos fue ministro de Defensa), el país ha logrado avanzar en ambos procesos.

El 18 de octubre del 2012 su gobierno inició formalmente un proceso de negociaciones con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), en el cual actúan como mediadores Noruega y Cuba, y, como garantes, Chile y Venezuela. El avance ha sido en extremo complicado y durante su desarrollo han continuado los enfrentamientos armados. Desde el comienzo del diálogo en La Habana, Santos había dicho, con toda razón, que seguirían combatiendo a las narcoguerrillas hasta que se lograra un acuerdo definitivo. Las FARC, por su parte, no solo continúan atacando a los militares; también, y con particular saña en las últimas semanas, han emprendido acciones que afectan a los civiles, con la muerte de algunos, la destrucción de acueductos y la contaminación de fuentes de agua.

A pesar de las hostilidades, tras acordar el procedimiento “para la terminación del conflicto”, se han alcanzado acuerdos en tres de los cinco puntos de negociación: desarrollo agrario, participación política y drogas ilícitas. Quedan dos particularmente críticos, y que dependerán, esencialmente, de la voluntad de las FARC: reparación a las víctimas y dejación de las armas. Nada garantiza que se llegará a buen fin, pero es indudable que el presidente Santos hará todo lo posible por que así sea, dentro de sus responsabilidades como gobernante y sin ingenuidades.

En su discurso de toma de posesión destacó, acertadamente, que “una cosa es poner fin al conflicto y otra es la construcción de la paz”, un objetivo más integral y que forma parte de su plan a largo plazo, junto a la promoción de la equidad y la educación. Estos dos últimos aspectos se vinculan con complejos desafíos socioeconómicos (también políticos e institucionales). A pesar de los avances ya alcanzados, queda mucho por hacer. Entre los éxitos está un crecimiento económico anual promedio de 4,7% durante los últimos cuatro años. Además, 2,5 millones de personas han salido de la pobreza y 1,3 millones, de la pobreza extrema; se han emprendido mejoras en infraestructura y dado pasos para mejorar el acceso a la educación y la salud, donde aún existen notables rezagos. Para su segundo mandato, Santos ha anunciado multimillonarias inversiones en vías de comunicación, acceso a Internet de banda ancha, servicios de salud, becas, más y mejores centros educativos, y particular atención a las zonas más deprimidas del país y a la desigualdad social.

Su ambiciosa agenda requerirá, para ser plenamente exitosa, no solo la acción del Ejecutivo y sus partidos aliados en el Congreso, pues también será necesaria una oposición que renuncie al bloqueo como fórmula, lo cual ha sido hasta ahora la actitud del Centro Democrático, liderado por el hoy senador Uribe. Para bien, en la base de este proceso está un pueblo laborioso, creativo y tenaz, como es el colombiano, con gran capacidad de iniciativa empresarial, cultural y social. Este es el recurso clave. Pero el liderazgo inteligente, sereno y visionario, hoy representado por Santos, será indispensable para alcanzar –aunque sea parcialmente– los ambiciosos objetivos trazados.

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