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Bajar las tasas de interés

Actualizado el 08 de junio de 2015 a las 12:00 am

Cuando la inflación es baja y las tasas de interés reales permanecen tan elevadas, como ahora, se produce un desfase entre los costos financieros y los precios de los bienes y servicios

Otro argumento importante para reducirlas es el sacrificio que implica el pago de intereses tan elevados para los deudores, incluidas las personas de escasos recursos

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Las entidades del Sistema Bancario Nacional deben reducir aún más las tasas activas y pasivas de interés. Hay razones suficientes que aconsejan hacerlo, a pesar de la reticencia mostrada por los bancos en los últimos meses.

La primera razón es que la inflación ha bajado. Entonces, las tasas reales de interés, que descuentan el aumento de los precios de todos los bienes y servicios, se han incrementado visiblemente. Esto está produciendo, y puede producir aún más, efectos económicos y sociales negativos a mediano plazo.

La tasa de inflación, medida por el índice de precios al consumidor (IPC), subió menos de un 1% en los últimos 12 meses (0,9%) y el Banco Central calcula que se mantendrá baja el resto del año. En cambio, la tasa básica pasiva se encuentra alrededor de un 7% (6,85%), casi siete veces más. Y aunque existen otras mediciones del fenómeno inflacionario (tasa subyacente de inflación e índice denominado de “medias truncadas” que calcula el Banco Central), las variaciones en el IPC son las más determinantes a la hora de compararlas con las tasas de interés.

Cuando la inflación es baja y las tasas de interés reales permanecen tan elevadas, como ahora, se produce un desfase entre los costos financieros y los precios de los bienes y servicios. La baja inflación implica que, por lo general, las empresas y demás actores productivos no están pudiendo trasladar a esos costos reales elevados a sus consumidores y, por tanto, se reduce la rentabilidad. Esto desalienta la inversión y, con ella, las fuentes de empleo. Como bien dijo el Dr. Róger Madrigal, director de la División Económica del Banco Central, en una entrevista a La Nación, “tasas reales altas tienden a desincentivar la inversión y lo que nosotros quisiéramos es que la economía creciera un poco más”. Tiene toda la razón.

Otro argumento importante para reducir las tasas de interés es el sacrificio que implica el pago de intereses tan elevados en términos reales para los deudores, incluidos no solo empresas y productores individuales, sino toda una gama muy amplia de deudores que se financian en el Sistema Bancario Nacional. Muchos de ellos son personas de escasos recursos y les resulta difícil seguir pagando las mismas cuotas nominales, encarecidas en valores reales. Cuando la inflación es baja, los salarios suben menos. Pero si las amortizaciones bancarias se mantienen iguales, sufre el ingreso disponible de los deudores. En cambio, si bajaran las cuotas podrían consumir e invertir más, y ayudar a la alicaída economía nacional.

Desde el punto de vista social, no parece justo que los bancos sigan cobrando esas tasas. Para ellos, producen un efecto similar a un impuesto a su favor; para los deudores, uno en contra. Está involucrada una traslación de unos sectores a otros. En ciertos países, la competencia interbancaria se encarga de reducir las tasas de interés, sobre todo las activas, y equilibrar los ingresos respectivos. Pero aquí pareciera haber otros factores que influyen más en esas decisiones.

El Banco Central está plenamente consciente de este problema. Ha dicho, al referirse a las expectativas inflacionarias, que algunas personas (incluyendo presumiblemente a los bancos) y firmas consultoras en economía y finanzas todavía han internalizado la baja en la inflación. Según ellas, la inflación no es sostenible y las elevadas tasas reales de interés están determinadas por las necesidades de Hacienda. Puede haber algo de verdad, pero eso no implica que no haya espacio para reducir más las tasas sin poner en peligro la inflación. También se debe recordar que las altas tasas de interés estimulan entradas de capital financiero y deprimen el tipo de cambio, en detrimento de las exportaciones.

Las expectativas sobre la menor inflación han mejorado. Antes, excedían las metas de inflación fijadas en el programa macroeconómico. Ahora convergen. En las dos últimas mediciones, las expectativas fueron de un 5% y un 4,7% para abril y mayo, respectivamente (las metas son de un 4% más o menos un 1%) y podrían seguir mejorando conforme se afiance la credibilidad del Banco Central.

El asunto más complicado se relaciona con el déficit del Gobierno central y sus necesidades de financiamiento en el mercado interno. Los bancos aducen no bajar sus tasas de interés por la presión de Hacienda en la captación. Nosotros creemos, sin embargo, que sí hay espacio para un esfuerzo adicional. El Banco Central ha reportado que la situación financiera (de caja) del Gobierno es holgada. Además, tiene depositado en esa institución casi la totalidad de la última emisión de eurobonos, que apenas está empezando a utilizar. Eso le permitirá aliviar la presión en el mercado interno.

Por todas las razones anteriores, creemos que sí hay espacio para reducir las tasas de interés, sin que nadie deba preocuparse. Si en el futuro las cosas cambian, siempre se podrán volver a subir. Debe recordarse que las tasas de interés son variables de ajuste que deben responder a las circunstancias cambiantes de la economía. Reducirlas ahora un poco más estaría bien. Como dice el refrán: no dejes para mañana lo que bien puedes hacer hoy.

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