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EDITORIAL

Assad recupera terreno

Actualizado el 15 de septiembre de 2013 a las 12:01 am

El radicalismo de la oposición y los intereses coincidentes de las grandes potencias podrían sacarle a Assad las castañas del fuego, brutalidad no obstante

El carácter “limitado” del ataque propuesto por Obama siempre significó ser suficiente para castigar a Siria por el uso de armas químicas, pero no tanto como para derrocarlo

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Nada en Siria, con excepción de la brutalidad del régimen de Bashar al-Assad, es exactamente lo que parece. La oposición clama por ayuda norteamericana, pero su victoria no garantiza una futura relación armoniosa con los Estados Unidos. Por el contrario, el islamismo radical impera en las filas opositoras.

Organizaciones terroristas de la talla de al-Qaeda y Hezbollah, afiliada al antiestadounidense Irán, tienen firme presencia entre los rebeldes y no sabrán ser agradecidas con Washington si su intervención llega a inclinar la balanza a favor de una victoria de la insurrección.

Por otra parte, existen grupos moderados cuya queja por el abandono de los norteamericanos puede ser más consecuente y sincera. La tensión entre esos grupos y los elementos radicales es suficiente para causar intercambios de disparos. La oposición está lejos de ser una, como podría parecer.

Tampoco la política exterior estadounidense es tan inequívoca como parece. El presidente Barack Obama está decidido a impedir el uso de armas químicas en la guerra civil declarada hace dos años. Por eso parecía firme su decisión de ordenar un ataque limitado contra las instalaciones militares de Assad. El propósito, siempre estuvo claro, no es derrocar al gobernante sirio, enemigo tradicional de los Estados Unidos y de sus aliados en la región, pero no tanto como las fuerzas empeñadas en deponerlo.

El carácter “limitado” del ataque propuesto por Obama siempre significó ser suficiente para castigar a Assad por el uso de armas químicas, pero no tanto como para causar la caída del régimen, un muro de contención frente a fuerzas más radicales. Aun con los propósitos acotados, el mandatario no estaba tan decidido como parecía y, ante las presiones de la opinión pública, resolvió compartir la responsabilidad con el Congreso. Allí, muchos republicanos que hasta hace poco criticaban la pasividad de Obama e invocaban razones humanitarias para la intervención, de pronto se reencontraron con un pacifismo adormecido durante la presidencia de George W. Bush.

Fueron los demócratas, con un puñado de prominentes figuras republicanas como John Boehner y John McCain, quienes defendieron la causa del ataque. John Kerry, el secretario de Estado, por años ubicado en las filas del pacifismo, se convirtió en el más insistente adalid de la intervención armada.

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Rusia, opuesta al ataque estadounidense desde el principio, no está tan lejos de las posiciones de Washington como parece. Assad es un aliado tradicional y le permite a Moscú mantener una base naval en el Mediterráneo, pero los rusos comparten con Washington la preocupación por los grupos terroristas incorporados a las filas opositoras, siempre propensos a causarles problemas, como en Chechenia.

Si la posición de Obama es incómoda, encallada entre una guerra que no quiere pelear y los reclamos de intervención por razones humanitarias, la de Valdimir Putin tampoco es un lecho de rosas. La defensa de Assad lo asocia con un tirano capaz de utilizar armas químicas contra sus conciudadanos.

Paradójicamente, la complejidad de la situación y los juegos de apariencias podrían conducir a una solución diplomática, capaz de mantener a los aviones estadounidenses en sus bases. La idea salió de Moscú, poco después del retorno de Obama a su país desde San Petersburgo, donde asistió a la cumbre del G-20 y tuvo oportunidad de conversar con Putin.

La caída de Assad no es prioridad para ninguna de las dos superpotencias, ninguna desea el ataque estadounidense y ambas están preocupadas por la presencia de grupos terroristas y fundamentalistas islámicos en las filas opositoras. Obama no puede permitir que el uso de armas químicas pase sin consecuencia, y Moscú está en capacidad de complacerlo.

Putin conminará al Gobierno sirio para que entregue esa parte de su arsenal a las Naciones Unidas. El riesgo para el régimen es muy limitado. Sus tropas han logrado recuperar terreno y la guerra se inclina a su favor.

A fin de cuentas, el radicalismo de la oposición y los intereses coincidentes de las grandes potencias podrían sacarle a Assad las castañas del fuego, brutalidad no obstante.

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