Opinión

EDITORIAL

Asesinato en Limón

Actualizado el 05 de junio de 2013 a las 12:00 am

El esclarecimiento del homicidio del conservacionista Jairo Mora debe ser una altísima prioridad policial.

La droga abunda al punto de hacer las veces de moneda para el intercambio de bienes y servicios ilegales, incluidos los huevos de tortuga.

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El narcotráfico roba a las sociedades sus mejores hombres y mujeres. En la mayoría de los casos, los muertos salen de sus propias filas, pero en el universo de sus fechorías hay blancos bien escogidos, ciudadanos valientes cuyos méritos los convierten en estorbos para el crimen organizado.

Aún no está clara la relación entre el comercio de drogas en la provincia de Limón y la muerte Jairo Mora Sandoval, joven estudiante de Biología dedicado con auténtica pasión a la supervivencia de las tortugas marinas. Tenía 26 años y el arrojo necesario para patrullar las playas de noche, desprotegido, con pleno conocimiento de los riesgos propios de sus nobles esfuerzos.

Las autoridades dudan sobre los motivos del crimen. A la víctima y sus tres acompañantes extranjeras les robaron objetos de valor, pero las circunstancias del homicidio impiden descartar otras motivaciones. Si el asesinato no fuera consecuencia directa del narcotráfico, la sombra del trasiego ilícito de drogas se proyecta sobre él. El narcotráfico crea y alienta el clima de inseguridad imperante en la provincia.

Hace apenas un mes, biólogos del Servicio Nacional de Guardacostas denunciaron la existencia de depredadores de nidos de tortuga pagados en especie, con estupefacientes, por traficantes interesados en mercadear los huevos. Para entonces, la asombrosa noticia ya era un hecho conocido por científicos y voluntarios dedicados a proteger a las tortugas en el Atlántico.

No hacía mucho, un investigador científico dedicado a vigilar el desove de tortugas en la playa de Moín había sido amenazado por delincuentes que le colocaron el cañón de un arma en la sien para llevarse los huevos cuyo valor final de mercado es de ¢500 por unidad.

Ningún integrante de un grupo de 30 voluntarios destacados en la zona en el 2012, regresó este año. El peligro es demasiado grande. Jairo Mora y las tres voluntarias extranjeras que lo acompañaron y afortunadamente salieron ilesas desafiaron las condiciones adversas por fidelidad a su hermoso ideal. Así son lo hombres y mujeres indispensables y ninguna sociedad puede cruzarse de brazos a ver como se los arrebatan.

El esclarecimiento del homicidio de Jairo Mora debe ser una altísima prioridad policial, no solo para impedir la impunidad de los asesinos, sino también para satisfacer el derecho de la comunidad a conocer en detalle las dimensiones y alcances de los retos planteados por la delincuencia.

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El joven estudiante de Biología reclamó en varias oportunidades apoyo policial para continuar su peligrosa cruzada. No lo obtuvo. “Si un policía dice que nos apoya, está mintiendo”, afirmó en el curso de una entrevista concedida hace un mes a La Nación. Sus compañeros coinciden en señalar la falta de vigilancia y los terribles hechos del viernes la confirman.

Los delincuentes detuvieron el auto de los cuatro voluntarios, encerraron a Mora en la cajuela y llevaron a las mujeres a una casa deshabitada. Luego, asesinaron al joven de un tiro en la cabeza y abandonaron su cuerpo desnudo en la playa de Nueve Millas, en Moín. Todo sucedió sin que nadie se diera cuenta. Las jóvenes voluntarias pidieron ayuda cuando lograron salir de su encierro, una vez constatado el alejamiento de los agresores a eso de las 6 de la mañana.

La necesidad de mejorar la vigilancia en la zona es urgente. La droga abunda al punto de hacer las veces de moneda para el intercambio de bienes y servicios ilegales, incluidos los huevos de tortuga. La región Atlántica debe dejar de ser víctima del narcotráfico para perseverar sin estorbos en la tarea de concretar su derecho al desarrollo.

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