Opinión

EDITORIAL

Argentina sumida en populismo

Actualizado el 22 de abril de 2012 a las 12:00 am

Cristina Kirchner ha pisoteado reiteradamente la civilidad y legalidad de las obligaciones del Estado en el mundo civilizado

El afincamiento en las prácticas y doctrinas del chavismo resulta poco alentador para una nación que por sus dotes merece mejor suerte

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Hace pocos días, Hugo Chávez pareció revivir en su cama de enfermo para aplaudir de manera entusiasta y desaforada la más reciente hazaña autoritaria de su querida colega argentina Cristina Kirchner. Horas antes, la jefa de Estado había proclamado, con bombos y platillos y un mitin circense en la Casa de Gobierno, la confiscación de YPF, la mayor empresa petrolera del país, subsidiaria de la compañía española Repsol.

Llorando frente a una fotografía de su fallecido esposo y expresidente, Néstor Kirchner, la presidenta anunció al mundo la decisión que se estaba ejecutando en esos momentos de adueñarse de YPF, paso que solo recibirá aval legislativo cuando doña Cristina disponga. Este trámite, en realidad, poco importa para la actual mandataria quien, en repetidas oportunidades ha pisoteado la civilidad y legalidad que en el mundo civilizado suelen revestir las contrataciones y obligaciones del Estado.

Cabe señalar que en marzo de 2008, recién llegada a la primera magistratura en las elecciones de 2007, Cristina decidió hundir las garras impositivas en la industria agropecuaria, un sector vital de la economía y clave para la prosperidad exportadora de Argentina. Huelgas y manifestaciones que se extendieron por todo el país, obligaron a un retroceso en los nuevos impuestos. A este respecto debemos recordar que el modelo económico Kirchner, iniciado por Néstor durante su gestión de 2003 a 2007, ha consistido en una creciente muralla de subsidios populistas, combinada con la pujanza exportadora, sobre todo de soya para China. Al empezar a decaer los mercados internacionales, en 2008, Cristina optó por saciar las arcas del Estado y sus conexos subsidios mediante los fallidos impuestos a los agroindustriales.

Más adelante, en ese mismo año, conforme la inflación iba en alza y los grifos financieros se secaban, la presidenta decidió meter mano en el sistema de las pensiones privadas para atender deudas por alrededor de $21.000 millones. Aunque Argentina se había declarado en mora por obligaciones cercanas a $100.000 millones en 2001 –el mayor “default” del mundo–, surgieron después deudas estatales que no era dable obviar.

La desesperación por “cash” se agudizaba por lo que Cristina, a inicios de 2010, resolvió recurrir a las reservas del Banco Central. Para tal fin debió despedir al presidente de dicha institución que se negaba, como era correcto, a concretar el asalto de la mandataria. Una vez que se deshizo del banquero, inicialmente pudo tomar en exceso de $6.000 millones para tapar algunos huecos financieros. En esos días también se adueñó de Aerolíneas Argentinas, controlada por una empresa española.

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En su cadena de andanzas monetarias, doña Cristina, reelegida en 2011, apretó los controles cambiarios y puso en marcha una especie de trueque exportador que desembocó en la pesadilla de empresas como la BMW que deben exportar carne y vinos para poder importar autos. Los actores del comercio internacional argentino han sido sometidos a restricciones kafkianas para poder seguir avante. Así, quienes necesiten comprar dólares, por ejemplo, deben demostrar que pagan puntualmente sus impuestos.

Con todo, el dúo de la inflación galopante y la desconfianza en los manejos del Gobierno de Kirchner han agudizado la fuga de capitales y los inventos de la gobernante llenan las páginas humorísticas. De todas maneras, el laberinto de controles de precios y subvenciones, y los crecientes costos de importación de combustibles, han sido poco alentadores para las inversiones extranjeras, claves para desarrollar los yacimientos petrolíferos y crear nuevas fuentes de energía. Desde luego, Cristina no se atrevería a atacar la maraña de subvenciones y controles de precios porque de todo esto se nutre su caudal electoral.

Por ahora, sus remedios políticos han sido ocurrencias populistas, como reclamar soberanía sobre las islas Malvinas, que son británicas y que ya fueron causa de guerra años atrás con resultados desastrosos para Argentina. Su iniciativa sobre las Malvinas no cobró la vida que esperaba en la reciente cumbre de la OEA en Cartagena, ocasión en que la mandataria pudo constatar su creciente aislamiento hemisférico.

Con ese trasfondo, ahora se produce el caso de Repsol que ha generado reacciones negativas internacionalmente. El jueves último, el Parlamento Europeo censuró las acciones de Argentina y demandó sanciones en su contra, en tanto la prensa mundial ha exigido, además de censuras, su expulsión del G- 20 y que, en su lugar, se elija a Chile. Nada de esto, por supuesto, detendrá la fuga de capitales, por una parte, y, por otra, el alejamiento de la inversión extranjera, que de toda forma ha venido decayendo de manera considerable.

Las condiciones internas en Argentina se desmejoran rápidamente, con escasez de productos esenciales. Muchas familias sobreviven gracias a las remesas de sus familiares en España, y el crimen y el narcotráfico suben de perfil. Los puntos de popularidad que sus acciones populistas y autoritarias puedan derivarle a doña Cristina en su país son, sin duda, temporales y precarias. Apuntemos que de un 70% de aprobación en las encuestas al tiempo de su reelección el año pasado, ahora ya se encuentra en el 50%. Los hechos, las realidades y no las fantasías del círculo de asesores en la presidencia argentina deberían iluminar su visión. Brasil, sin duda, constituye el testimonio más relevante en las actuales circunstancias. Petrobras, una de las empresas mayores del mundo, logró obviar sus cadenas burocráticas y transformarse en el gigante de hoy gracias, precisamente, a la apertura acentuada desde tiempos de Lula. En México, hasta el candidato presidencial del PRI habla de la necesidad de reformar y abrir el monopólico y paralizado orden prevaleciente en Pemex.

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Lo que se vislumbra hoy en Argentina es una etapa tormentosa, plagada de censuras y caros litigios. Las épocas más duras de antaño se ciernen de nuevo amenazantes sobre este país, acreedor de una legítima conducción democrática. Por ello, el afincamiento en las prácticas y doctrinas del chavismo resulta poco alentador para una nación que por sus dotes merecería mejor suerte.

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