Opinión

EDITORIAL

Argentina juega a la ruleta rusa

Actualizado el 03 de agosto de 2014 a las 12:00 am

Argentina incurrió esta semana en una cesación de pagos que nuevamente podría cerrarle las puertas de los mercados financieros

Urge enmendar las políticas que mantienen al país en las congojas de la recesión económica, la inflación galopante y la corruptela gubernamental

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Por segunda vez desde la catástrofe del 2001, Argentina incurrió esta semana en una cesación de pagos, un infausto default que nuevamente podría cerrarle las puertas de los mercados financieros, con el consiguiente impacto negativo para su economía.

Obligada a efectuar pagos de interés a los tenedores de bonos, conforme a los acuerdos de reestructuración del 2005 y el 2010, el Ejecutivo bonaerense depositó en un banco neoyorquino la suma correspondiente a esta categoría de obligaciones. Esos acreedores habían aceptado una reducción equivalente al 70% del valor de sus títulos. No obstante, otro sector rechazó los arreglos y ha exigido el pago íntegro de sus bonos.

La presidenta argentina, Cristina Kirchner, denegó el reclamo y optó por una pugna judicial en Estados Unidos que ha sido cara, sonora y vacía. Al cabo del trámite en Nueva York, el juez federal Thomas Griesa resolvió que el pago que pretendía hacer Argentina era ilegal, ya que excluía el monto íntegro ($1.600 millones) de los disidentes, conocidos como los holdouts. Por su parte, doña Cristina los denominó “buitres”. La apelación planteada por el lujoso equipo de abogados que ha representado a Argentina en Estados Unidos tampoco prosperó.

La campaña pública montada por la mandataria para desacreditar a los tribunales estadounidenses fue contraproducente y mal recibida. Los insultos de doña Cristina y de sus voceros no ganaron puntos en aquel país. Por el contrario, redundaron en un severo golpe a la credibilidad de su administración. ¿De dónde habrá sacado la mandataria la versión de que el juez Griesa recibía instrucciones de la Casa Blanca?

Argentina ha insistido en que cumplir con lo ordenado por el juez Griesa maltrataría fatalmente sus reservas, al punto de generar serios daños al bienestar del pueblo. Curiosamente, los reparos oficiales al pago exigido no han impedido arreglos recientes con la compañía española Repsol y con naciones del Club de París, los cuales sumaron alrededor de $15.000 millones.

La presidenta y sus ministros tampoco mostraron interés en negociar con los fondos financieros acreedores, es decir, los “buitres” del cuento oficial. Por cierto, algunas entidades disidentes expresaron anuencia a discutir fórmulas y montos del pago. Una combinación de bonos y efectivo se veía factible, indicaron.

Ahora, ya con el default destacado por la prensa mundial, sería dable imaginar que los jóvenes ministros angloparlantes, y perseguidos por reporteros acuciosos, quizás estarían dispuestos a emprender una salida airosa. Ojalá su presidenta tuviera vocación para tomar esa vía, a fin de superar, en alguna medida, el traspié histórico que acaba de cometer. Parece que, como sintetizó en una esclarecedora columna el profesor Héctor Schamis, “Argentina está otra vez jugando a la ruleta rusa”.

Ayuna de remedios realistas, doña Cristina encontró muy prometedora una visita a la OEA en Washington. Frente al Consejo Permanente de ese organismo, la presidenta desenfundó su florido lenguaje para insultar a toda su nómina de supuestos enemigos. Desde luego, la OEA nada tiene para contribuir a la resolución de un diferendo en estrados competentes de Nueva York. Aparte de endulzar los oídos de un surtido de naciones que se regocijan ofendiendo a la democracia, poco podía esperar doña Cristina de esta incursión, aparte de algunas migajas publicitarias.

Con todo, resulta poco halagadora la imagen de Argentina que doña Cristina y su equipo proyectan al mundo. Asimismo, el desperdicio de tiempo que estas andanzas conllevan sugiere la urgente tarea de enmendar las políticas que mantienen a Argentina en las congojas de la recesión económica, la inflación galopante y la corruptela gubernamental. Qué lástima para ese gran país.

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