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EDITORIAL

Ansia de libertad

Actualizado el 20 de abril de 2014 a las 12:00 am

De manera casi milagrosa, el ansia de libertad ha recorrido el planeta y, a la postre, suele triunfar derrumbando muros que se creían inexpugnables

Un ejemplo de los embates contra ese anhelo de abrazar la libertad fue la masacre física e intelectual emprendida por los seguidores de Mao en China

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La historia de las gestas humanas en pro de la libertad es rica y prodigiosa. Alrededor del planeta se encienden luces reclamando la atención de gobernantes y gobernados, se trate de reinados o de las dictaduras totalitarias que se multiplicaron en el siglo XX. De manera casi milagrosa, el ansia de libertad ha recorrido el planeta y, a la postre, suele triunfar derrumbando muros que se creían inexpugnables.

Un ejemplo de los embates contra ese anhelo de abrazar la libertad fue la masacre física e intelectual emprendida por los seguidores de Mao en China. Desde luego, lo que ocurrió en esa gran potencia no agota la nómina de las tragedias y victorias de ese ímpetu de la mente y el espíritu. Muchas veces, el hilo conductor de la libertad ha esperado años y también décadas para, finalmente, triunfar. La Unión Soviética de Stalin y el nazismo de Hitler son también casos a los que habría que añadir, entre otros, los triunfos en Asia y África. El anhelo de libertad prevalece e ilumina la historia mundial.

Estos días de pensamiento y devoción nos señalan una lección sobre el poder de la libertad, que derrota los esfuerzos por maniatarla incluso por la fuerza. Un 15 de abril, en 1989, nos ilustra al respecto. El fallecimiento, ese día, de Hu Yaobang, exlíder del Partido Comunista y promotor de reformas para ampliar las libertades individuales y económicas en China, motivó a los estudiantes universitarios a manifestarse en la plaza de Tiananmen –“Portón celestial”– en el centro de Pekín. Su reclamo se fundaba en la ausencia de una comunicación de duelo por parte de la nomenclatura comunista china y la restauración plena de los honores cívicos conferidos en el pasado a Hu.

El mutis de la cúpula comunista resultaba extraño a la luz de la cercanía de Hu con Deng Xiaoping, a la sazón inspirador y aliado político del difunto, quien se adhirió al silencio de otros antiguos amigos y colegas del Gobierno. Más tarde, en mayo, Deng apoyó el envío de tanques y soldados a Tiananmen para terminar con las concentraciones multitudinarias de estudiantes y otros ciudadanos.

Hasta entonces, el silencio oficial había generado un aumento creciente de manifestantes en Tiananmen, que de centenares pronto pasaron a miles y, luego, a millones. En mayo, varios centenares de participantes se declararon en huelga de hambre, a la cual se adhirieron miles de compañeros.

Para el régimen, las concentraciones masivas en el centro de la capital, que recibían el interés de los corresponsales de prensa extranjeros, producían reacciones adversas en el exterior, perjudiciales para los lúgubres gobernantes. Y, así, el día 19 de mayo marcó un giro ominoso y negativo para China, comenzando con la implantación de la ley marcial.

Más tarde, la plaza devino en escenario de conciertos de rock en apoyo de las protestas que fueron retransmitidas por todo el mundo gracias a las cadenas internacionales de televisión. A inicios de junio, el Gobierno escaló su ofensiva ordenando el bloqueo de las señales de todas las televisoras. De seguido, también prohibió fotografías y grabaciones de las agencias de prensa.

Los atropellos a la prensa, como suele ocurrir, no detuvieron el flujo mundial de noticias. La reacción de las autoridades fue intensificar, cada vez más, la agresión contra los manifestantes y los periodistas.

El 4 de junio se produjo la culminación del empeño dictatorial mediante la ocupación bélica de la plaza. Columnas de tanques, acompañadas por tropas armadas, intervinieron con resultados lamentables de lesionados, muertos y arrestos. Este evento coincidió con una visita oficial de funcionarios estadounidenses y europeos, que fueron testigos de la brutalidad sanguinaria del ataque militar.

La represión despótica persiste, aunque más atenuada, y necesitó años para aplacar a la comunidad internacional. Con todo, el ímpetu de libertad continúa como un fantasma que recorre el mundo.

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