Opinión

EDITORIAL

Angustias en el ‘Mare Nostrum’

Actualizado el 19 de abril de 2015 a las 12:00 am

Las cifras de los migrantes africanos han escalado en el presente año, a pesar del incremento de los desaparecidos

Al respecto, las autoridades están llamadas a dirimir quejas de trato discriminatorio

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Los antiguos romanos llamaban al Mediterráneo el Mare Nostrum . Hoy, el bravo océano es escena del dolor y la muerte que a diario ocurren en las costas europeas. Es el drama ininterrumpido de miles de migrantes que huyen de los convulsos países de África y de Levante para encontrar refugio humanitario en el Viejo Continente.

El actual éxodo africano apenas comienza. Estos pueblos han sentido en carne propia los extremos crueles de sus Gobiernos así como las inclemencias del hambre y las epidemias. Pero el mundo mejor que ansían, resulta incierto. En su travesía hacia las costas europeas, las diferencias étnicas y religiosas que imperan se traducen a menudo en grescas y aun homicidios. Asimismo, las animadversiones pueden desembocar en el lanzamiento de viajantes al mar y a la muerte.

Sin embargo, estos riesgos lucen menores ante las promesas de los traficantes humanos sobre el universo bondadoso que aguarda a los africanos con las puertas abiertas. El destino más corto es Italia y de ahí, por tierra, a las luminosas metrópolis europeas. Esta visión la compartieron 220.000 africanos en el 2014, amén de los 3.300 que perecieron ahogados. Para el presente año, la crisis da muestras de agudizarse y las cifras ascendentes confirman la tendencia. Así, en esta semana, 11.000 migrantes del Magreb norafricano arribaron a Italia.

En el 2014, las autoridades italianas organizaron un sistema de búsqueda y rescate que denominaron Mare Nostrum . No obstante, el gobierno de turno objetó la factura mensual – 9 millones de euros—y, en noviembre último, se redujo drásticamente el programa a solo vigilar el ingreso de migrantes. De hecho, algunos Gobiernos, sobre todo el británico, aplaudieron los recortes del programa debido a que, más bien, funcionaba como polo de atracción para viajeros irregulares.

Por otra parte, las cifras de los migrantes africanos han escalado en el presente año, a pesar del incremento de los desaparecidos, que llegaba a 17 en el trimestre inicial del 2014 y ahora fueron 700, a lo que debe agregarse los 11.000 del norte de África esta semana.

En todo caso, más que el rescate y el ingreso de personas, la dinámica del fenómeno demanda un programa humanitario que les proporcione techo y comida temporales y la asistencia básica para la búsqueda de empleos.

Al respecto, las autoridades están llamadas a dirimir quejas de trato discriminatorio. Así sucede ahora en Palermo tras la detención de 15 musulmanes de Libia, quienes empujaron al mar a 12 cristianos en el curso de un complicado periplo a Italia en una barcaza insegura. Son varias las causas de las denuncias y las usuales son de odios étnicos y religiosos como motor de asesinatos. Sus orígenes son de Libia, Egipto, Túnez, Níger, Costa de Marfil y otros puntos del continente sacudidos por golpes militares, hambrunas y excesos despóticos.

Quizás los Gobiernos europeos han esquivado sus obligaciones humanitarias, temerosos de una inagotable invasión de africanos que no compaginen con sus sociedades. Si así no fuera, ¿cuál será, entonces, su reacción al reciente pedido del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados de proporcionar facilidades a los 130.000 sirios desplazados por la guerra en su país?

Es indudable que el capítulo de las migraciones genera interrogantes. En lo que no debería haber dudas es en las obligaciones mínimas que es dable esperar de Gobiernos democráticos en países de altos ingresos, como los europeos y otras naciones avanzadas.

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