Opinión

EDITORIAL

Amenaza de los ciclones

Actualizado el 21 de julio de 2017 a las 10:00 pm

El cambio climático se hará sentir cada vez con más fuerza y el Istmo centroamericano es una de las regiones más vulnerables del planeta

Las instituciones científicas capaces de generar conocimiento y alerta temprana no están bien equipadas y las leyes no siempre se aplican

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Amenaza de los ciclones

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Costa Rica rara vez recibe el impacto directo de huracanes como Otto. El flagelo de los efectos indirectos, cuya capacidad devastadora quedó demostrada por César, Mitch y Juana, es más frecuente, pero no tanto como se espera en el futuro cercano. Los científicos advierten de la necesidad de acostumbrarse. El cambio climático se hará sentir cada vez con más fuerza y el Istmo centroamericano es una de las regiones más vulnerables del planeta.

El país no tiene en orden todas las defensas. Otto lo demostró, como lo habían hecho otros fenómenos con anterioridad. La planificación y el ordenamiento territorial brillan por su ausencia en buena parte del territorio nacional. Las instituciones científicas capaces de generar conocimiento y alerta temprana no están bien equipadas, en muchas oportunidades las leyes no se aplican y falta desarrollar la conciencia y organización comunal necesarias para sumar a los ciudadanos a los esfuerzos de prevención y mitigación.

Solo San José, Cartago, El Guarco, Oreamuno y Paraíso tienen planes reguladores. Otros 53 cantones los tienen incompletos y 23, incluidos los cuatro más afectados por Otto, carecen de ellos. Las normas existentes para darle forma al casi siempre caótico crecimiento de nuestros pueblos y ciudades, a menudo son inobservadas.

Hace un par de años, el Colegio Federado de Ingenieros y Arquitectos precisó que una de cada cinco edificaciones se hizo sin permiso municipal. En la primera década del siglo, unas 300.000 viviendas fueran edificadas sin los controles establecidos por la ley y en algunos cantones el incumplimiento alcanzó el 60%.

Esa realidad no solo siembra duda sobre la calidad de la construcción, sino también sobre su ubicación. Laderas, márgenes de ríos y otros sitios inapropiados para construir son peligros latentes en espera de un Otto o un Mitch, cuya devastación habría sido menor si hubieran existido planes reguladores y respeto a las normas legales.

Los organismos científicos encargados de estudiar los fenómenos naturales y ofrecer alertas tempranas reciben fondos de la Comisión Nacional de Emergencia (CNE) cuyo presidente, Iván Brenes, admite la insuficiencia de los recursos. El Instituto Meteorológico Nacional apenas está por instalar un radar necesario para hacer pronósticos de urgencia y alertar a la población con un par de horas de antelación.

A la ciencia debe unirse la tecnología. La Internet y las redes sociales permiten transmitir informes, especialmente a los dispositivos móviles, pero hay zonas rurales donde la comunicación, por esos y otros medios, todavía se dificulta. La CNE utiliza imágenes satelitales para preparar modelos hidrológicos de los ríos impactados por Otto, pero tendrán poca utilidad sin las municipalidades no los aprovechan para elaborar planes reguladores.

En los cantones afectados por Otto, por ejemplo, las zonas consideradas en riesgo de inundación apenas representaban el 40% del área efectivamente alcanzada por las aguas. Solo la ciencia y la tecnología permiten identificar esas vulnerabilidades, pero solo la planificación y la ley pueden sacar provecho del conocimiento en estas materias.

También es preciso fortalecer la organización comunal. En Upala, la oficina de Planificación de la municipalidad elaboró un Plan de Desarrollo Humano para la década 2013-2023 que pedía adoptar planes de prevención y respuesta, incluida la creación de comités encargados de diversas tareas, pero cuando Otto llegó el comité local de emergencias no se había activado y el gobierno local tuvo dificultades para ejecutar la orden de evacuación emitida por la CNE.

Las lecciones de Otto y los fenómenos que nos impactaron indirectamente serán necesarias en el futuro, cada vez más en la nueva realidad climática. Aceptarlo y disponernos a hacer cuanto haga falta para disminuir los lamentos es la única actitud responsable, no solo de las autoridades, sino de la población en general.

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