Opinión

EDITORIAL

Acción contra el cambio climático

Actualizado el 26 de septiembre de 2014 a las 12:00 am

La cumbre de la ONU ha generado presiones y compromisos de importancia

Es impostergable un acuerdo vinculante para sustituir el Protocolo de Kyoto

Opinión

Acción contra el cambio climático

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Por convocatoria de su secretario general, Ban Ki-Moon, el pasado martes se dieron cita en las Naciones Unidas más de 120 jefes de Estado y de Gobierno, además de otros representantes del más alto nivel técnico y político, para comprometerse con una causa de la cual dependerá, en gran medida, el futuro de la humanidad: frenar e, idealmente, revertir el cambio climático.

La reunión, que contó con la presencia del presidente, Luis Guillermo Solís, como jefe de la delegación nacional, tuvo múltiples propósitos, entre los cuales destacan tres. La finalidad más general fue elevar el nivel de conciencia universal –particularmente, entre quienes toman decisiones– sobre los graves efectos actuales y tangibles del cambio climático y los enormes riesgos que plantea a futuro, incluida la supervivencia misma de países y poblaciones. Además, se propuso impulsar a Gobiernos, empresas e instituciones, a asumir compromisos concretos, entre ellos de apoyo financiero, en torno a acciones que puedan reducir o mitigar las emisiones que generan el calentamiento global.

Los dos aspectos anteriores, a su vez, serán claves para el éxito del tercer objetivo de la reunión: generar ímpetu en el complejo proceso negociador que, en el 2015, debería desembocar en un nuevo acuerdo global sobre cambio climático, que reemplace el fallido Protocolo de Kyoto, adoptado en 1997 y vigente, sin carácter universal, desde el 2005.

La aspiración con el nuevo documento es que, al igual que su predecesor, establezca claros límites para reducir el calentamiento global, y que estos sean vinculantes para los países suscriptores. Las negociaciones se dan en el contexto de la Convención de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, suscrita en 1992 en la “Cumbre de la Tierra” celebrada en Río de Janeiro. Para nuestro país es un orgullo que su Secretaría General esté encabezada por la costarricense Cristiana Figueres, quien ha realizado ingentes y eficaces esfuerzos en este complejo proceso. Este año, la reunión de la Convención se celebrará en Lima, Perú, pero el encuentro clave será el próximo en París.

Todo indica que, en sus dos primeros objetivos, la Cumbre de la ONU fue exitosa. Su impacto en la conciencia universal ha sido evidente y generará una presión ineludible sobre los líderes políticos y empresariales; además, muchos de los compromisos suscritos tendrán indudable incidencia en bajar el atroz ritmo del cambio climático: poco antes de la reunión se dio a conocer que la acumulación en la atmósfera de dióxido de carbono (uno de los gases que más influyen en el efecto invernadero) creció en el 2013 al más alto nivel registrado en 30 años. Es decir, el tiempo se está acabando para evitar desastres de enorme magnitud, que se añadan a otros que ya se han producido.

Reconocemos, como dijo acertadamente el presidente Solís en su discurso, que la principal acción contra esta tendencia tiene que ser nacional, y que las decisiones voluntarias, si son amplias y están bien orientadas, podrán tener importantes efectos. Sin embargo, será casi imposible frenar y revertir la marcha del calentamiento global sin un compromiso internacional vinculante, con metas absolutamente claras, cuantificables y verificables, que sea ratificado y aplicado por todos los países, en particular los principales emisores.

La mayor responsabilidad histórica por el estado actual de la atmósfera, sin duda, corresponde a los países más desarrollados, que se industrializaron y adoptaron sus pautas de consumo en un mundo sin conciencia sobre el cambio climático. Entre ellos están Estados Unidos, Europa Occidental y Rusia. Ellos deben hacer los mayores esfuerzos. Sin embargo, la responsabilidad presente también es enorme para los grandes países emergentes. El primer lugar lo ocupa China, que se ha convertido en el mayor emisor universal. Aunque, ciertamente, ha aplicado medidas importantes para reducir la tasa de crecimiento de gases con efecto invernadero, todavía apuesta masivamente al carbón como fuente de energía. Fue decepcionante que su presidente, Xi Jinping, no asistiera a la reunión de la ONU. India y Brasil también tienen un gran compromiso con la humanidad, sobre todo el primero.

Es tiempo de que esos tres países, y otros emergentes –por ejemplo, Indonesia y Malasia–, dejen de utilizar el concepto de “responsabilidades comunes, pero diferenciadas” para eludir una parte de sus deberes con el resto de la humanidad, y que asuman compromisos más concretos para reducir la producción de gases con efecto invernadero. Por su parte, los que subsidian el consumo de hidrocarburos, como Nigeria, Venezuela y todos los productores de petróleo árabes, deben cesar esas políticas. Y los países desarrollados, además de sus compromisos nacionales, deben brindar un apoyo relevante a las acciones de prevención y control de impacto en los países menos desarrollados, incluidos los de ingreso medio.

  • Comparta este artículo
Opinión

Acción contra el cambio climático

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota