Opinión

EDITORIAL

Abismo político en Honduras

Actualizado el 26 de junio de 2009 a las 12:00 am

 Las pretensiones autoritarias del Presidente han generado una crisis extrema

 Su testaruda irresponsabilidad ha cerrado casi todas las opciones de arreglo

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Si el presidente de Honduras, Manuel Zelaya, tuviera reales convicciones democráticas, respetara las instituciones republicanas y deseara promover el desarrollo y la justicia en su país sobre bases responsables y sostenibles, nunca habría lanzado la peregrina iniciativa de intentar forzar, sin que la Constitución ni las leyes se lo permitieran, un ilegítimo “referendo”, claramente destinado perpetuarse en el poder.

Esa decisión la tomó hace meses, a contrapelo de todos los poderes públicos y las fuerzas y sectores hondureños más representativos. Consiste en la anunciada celebración, este domingo, de una “encuesta” disfrazada de elecciones, para que la gente “vote” si están de acuerdo en que, durante los comicios generales, previstos para el 29 de noviembre próximo, se instale una “cuarta urna” en cada recinto, destinada a celebrar un ilegítimo referendo sobre la convocatoria a una asamblea constituyente. Esta, eventualmente, se impondría sobre los demás poderes y abriría el camino para la reelección de Zelaya.

Tales, al menos, son sus intenciones, aderezadas con una irresponsable retórica chavista y constantes llamados a la confrontación. Pero desde que surgió su autoritaria, irresponsable y peregrina idea, la oposición ha venido creciendo en intensidad.

Su partido Liberal, al igual que el Nacional (principal de oposición) están en contra; la Corte Suprema de Justicia la declaró contraria a la Constitución; el Tribunal Supremo Electoral (TSE) se opone frontalmente, porque vulnera sus competencias; la Conferencia Episcopal ha advertido de los riesgos que encierra; la Confraternidad Evangélica ha sido aún más severa en sus críticas; el Colegio de Abogados de Honduras calificó la “encuesta” de ilegal, y el martes en la noche el Congreso aprobó un reglamento que impide la realización de cualquier referendo o consulta electoral 180 días antes o después de las elecciones nacionales.

El más reciente y dramático hecho fue la negativa de las Fuerzas Armadas, a pedido del TSE, de negarse a repartir el material para la “encuesta”, a pesar de la orden del Presidente. Por este motivo, Zelaya destituyó al jefe del Estado Mayor, general Romeo Vásquez, quien, sin embargo, fue restituido ayer en su cargo, tras un amparo de la Fiscalía, por la Corte Suprema de Justicia. El Ministro de Defensa renunció en solidaridad con Vásquez, y han surgido rumores de un posible (aunque improbable) golpe de Estado.

En estas condiciones de crisis extrema, que evoluciona con gran rapidez – al cierre de esta edición aún no se sabía en qué podría derivar–, si a Zelaya le quedara alguna dosis de sensatez y sensibilidad, debería cancelar la “encuesta” y dedicarse, en los meses que le restan como Presidente, a reparar algunos de los inmensos daños que le ha causado a Honduras. Porque en la lista no solo está la extrema confrontación política, sino un proceso de acelerado deterioro económico que está produciendo serios estragos cotidianos en la población.

Hasta ahora, no obstante, nada hace suponer que el mandatario se inclinará por la sensatez. Al contrario: tras la negativa de los militares de sumarse a la farsa de la “cuarta urna”, Zelaya activó unas turbas con las que pretende repartir el material para la “encuesta”, a pesar del rechazo del TSE y de todas las instituciones competentes. Es decir, persiste en su curso de confrontación total, y cada vez cierra más espacios a la institucionalidad y a un posible diálogo que, al menos, desactive lo peor de la crisis.

Se trata de una situación en extremo alarmante, que supera en riesgo y arbitrariedad hasta las peores tácticas de Hugo Chávez, de quien Zelaya pretende ser un discípulo.

Si, como resultado de esta situación, se rompe el orden constitucional hondureño, no habrá duda de que el propio Presidente ha sido el culpable. Confiamos en que aún sea posible evitarlo. Sin embargo, los hechos no generan optimismo.

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