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El costarricense no lee

Actualizado el 24 de septiembre de 2009 a las 12:00 am

 Costa Rica no progresará intelectualmente en tanto haya más cantinas que bibliotecas y librerías

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El alfabeto es un instrumento, no un fin en sí mismo. Resta saber para qué se usa. ¿De qué nos sirve leer si lo único que consumimos son porquerías? No nos dejemos engañar por nuestros altos índices de alfabetización. Estamos fallando en la parte más significativa de la cultura: esa que viene después del A, B, C. La vida entera no nos va a alcanzar para leer todo lo grande y bello que ha sido escrito en el mundo, ¿por qué desperdiciarla entonces leyendo mentecateces, literatura de ínfimo valor nutricio para el intelecto?

En Costa Rica la lectura es básicamente una crisis. Más grave que la del petróleo y la de la economía mundial. Más grave, sí, porque es desde la ignorancia que abordamos los grandes problemas de la modernidad, y sin lectura nuestra comprensión de ellos será siempre precaria.

Desnutrición espiritual. ¿Qué se lee en Costa Rica? Cuatro cosas.

Primera: libros de autoayuda, psicología popular llena de facilonguerías: Supérate a ti mismo , El valor del pensamiento positivo , Aprende a amar … e incontables cursilerías de ese jaez.

Segunda: pandemias literarias como Harry Potter o el ya por fin pasado de moda Código da Vinci . Productos de consumo, manufacturados y sensacionalmente bien distribuidos por todo un engranaje mercadotécnico que opera de consuno con Hollywood y su mundo de ficción barata.

Tercera: resúmenes de hitos literarios canónicos que los muchachos, en su desesperación por sacar el bachillerato, adquieren, creyéndose así eximidos de leer las obras en su integridad (los resúmenes solo tienen valor –y muy grande – una vez que se han asimilado los clásicos en su integridad: leer Hamlet resumido es como creer haber cenado con solo aprenderse de memoria el menú).

Cuarta: las mercachiflerías de Pablo Coelho, con su filosofía light de la vida, sus lugares comunes poéticos y su impotencia manifiesta para escribir –cosa que a todas luces intenta– alegorías como El principito (Saint-Éxupery) o La luna nueva (Tagore).

Y esa es nuestra dieta literaria. Avitaminosis del espíritu. Desnutrición espiritual. Somos analfabetos: entendámoslo de una vez.

Un día de estos una amiga llegó a una bien conocida librería nacional a buscar la Estética de Hegel. Después de inútiles pesquisas, le pidió ayuda a la dependiente. “¿Que si tenemos la Estética de Hegel? Por supuesto, acompáñeme”. ¡Y la llevó a la sección de cosmetología! El pobre Hegel, el hombre de La fenomenología del espíritu –uno de los más importantes textos filosóficos de todos los tiempos– al lado de Cómo combatir la celulitis , Piel tersa para toda la vida , El secreto de la eterna juventud y Senos y nalgas: tratado silicónico y colagénic o. Y fue así como mi amiga tuvo que renunciar a adquirir un libro filosófico, que en cualquier país medianamente civilizado es miembro de honor de toda librería que se respete.

¿Dije filosofía? ¡Pero si es que Costa Rica es un erial filosófico! A duras penas logra uno encontrar los Diálogos platónicos, por poner el ejemplo más clásico que sea dable concebir. Somos un país a-filosófico. Para comprar a Kant, Kierkegaard o Bergson, hay que hacerlos pasar clandestinamente, a través de barreras aduaneras, y ello burlando la vigilancia de aquellos que tienen interés en mantenernos aborregados.

De todas las ramas del saber humano, la filosofía es por mucho la más menesterosa en Costa Rica. Conocimiento esotérico, ritualizado y críptico, únicamente reservado para las castas sacras.

Y luego ese irrespeto de las colecciones de “biografías de hombres y mujeres célebres”: ¡poner a Shakespeare al lado de la Princesa Diana, a la Madre Teresa en el mismo vecindario de Madona, a Beethoven en la compañía de Michael Jackson! Ahí tienen, amigos, los resultados de la “abolición de las jerarquías estéticas”, de “la superación de los obsoletos cánones de occidente”, del irresponsable “revisionismo histórico” de una buena parte de los pensadores de la posmodernidad (¿tendré que añadir que no todos, siendo muchos a los que respeto y admiro? Sí: es necesario aclararlo, el “algunos” no basta para que los lectores presurosos caigan en conclusiones).

Desprecio. Por último, el desdén manifiesto por los autores nacionales: ¿que los libros de nuestros poetas –sobre todo ellos– novelistas y dramaturgos no venden como Harry Potter contra los monstruos galácticos (o alguna otra sandez para el efecto)? Quizás, pero entonces no llamen ustedes a sus negocios “librerías”: llámenlas “expendios de libros”, “supermercados literarios” “pulperías del pensamiento” o alguna otra cosa de ese tenor.

Los periódicos franceses publicaron hace algunos años –con alarma– el resultado de una encuesta realizada por el Ministerio de Educación: “Uno de cada cinco franceses no lee”.

En nuestro país la encuesta rezaría: “Diez de cada cinco ticos no leen”. San José tiene cuatro librerías que honran la tradición de la gran literatura: la Librería Universitaria (¡gracias, don Fernando Durán!), Nueva Década, la Librería Francesa y una más cuyo nombre en este momento me escapa (¡perdón!)

La cosa es devastadoramente simple: Costa Rica no progresará intelectualmente en tanto haya más cantinas que bibliotecas y librerías.

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