Por: Armando González R. 11 septiembre, 2016

Según los científicos, Oklahoma debería experimentar, cada año, un par de sismos de magnitud superior a 2,5 pero, recientemente, ha sufrido miles. El temblor más fuerte de la historia ocurrió en el 2011, con una magnitud de 5,6. Pasados apenas cinco años, un sismo igualó la marca el sábado antepasado.

Oklahoma tiene suerte. Fenómenos de esa magnitud poseen un enorme potencial destructivo cuando ocurren cerca de la superficie, como en su caso. Por fortuna, los epicentros se ubicaron lejos de centros urbanos. Oklahoma es la nueva California, con dos diferencias: los sismos ocurren a menor profundidad y la reciente actividad telúrica es producto del menosprecio humano a la naturaleza.

Oklahoma es rica en petróleo y gas. Para extraerlos, es necesario bombear millones de litros de agua hasta las profundidades de la tierra. El líquido afecta el subsuelo, abre fisuras y activa fallas. De pronto, una región de bajísima sismicidad sufre en un año la actividad propia de un milenio.

Luego del último sismo fuerte, las autoridades estatales ordenaron el cierre de los pozos en un radio de 750 kilómetros del epicentro, pero la extracción de energía es una actividad económica demasiado importante para pensar en medidas más drásticas. La tarea de minar el subsuelo seguirá adelante en otras regiones del estado, de la unión norteamericana y del mundo.

Ese nocivo emprendimiento ofrece al planeta la posibilidad de acelerar el deterioro causado por las emisiones de gases de efecto invernadero. Los propios Estados Unidos están pagando el precio. La amenaza ya no es potencial. Ni siquiera es una amenaza. Hay efectos concretos a lo largo de las costas, especialmente la del Pacífico.

Importantes ciudades, como Norfolk, en Virginia, sufren inundaciones frecuentes, atribuidas al aumento del nivel de los mares, consecuencia del calentamiento global. Ya existe un nombre para el fenómeno: “inundaciones de día soleado”. No hace falta una tormenta, basta una marea alta y un poco de viento para que Norfolk se inunde a pleno sol.

La ciudad es hogar de la base naval más grande del planeta. Su inutilización tiene implicaciones para la seguridad nacional de la potencia norteña. La Marina de Guerra advirtió al Congreso y procuró fondos para la mitigación. La derecha republicana se los negó con tal de no avivar la “agenda climática radical” que Donald Trump atribuye a una conspiración china para restar competitividad a la industria estadounidense. Si los idiotas volaran, no se vería el Sol.

El autor es director de La Nación.