Por: Armando González R. 6 julio, 2014

“No es lo mismo verla venir que bailar con ella”, dice el presidente, Luis Guillermo Solís, a dos meses de su juramentación y ya constatados los obstáculos yacientes en el camino de sus mejores propósitos. Las tarifas eléctricas no bajarán por arte de birlibirloque ni el precio de la gasolina depende de la voluntad del gobernante. Melvin Jiménez, ministro de la Presidencia, le hace segunda: “Ahora nos estamos dando cuenta de que las tarifas no están bajo nuestro control”.

Las declaraciones se prestan para la crítica. La oposición ya aprovecha la oportunidad. La primera y más obvia pregunta es cómo se dan cuenta hasta ahora, pero hay otra forma, más optimista, de verlo. Se dieron cuenta o, cuando menos, tienen la franqueza de admitir los límites de sus capacidades y en eso hay mérito.

Gobernantes más torpes u obstinados se resisten a reconocer la realidad y procuran alterarla con artificios. En Venezuela, Nicolás Maduro atribuyó los precios de los electrodomésticos a una conspiración en su contra, los redujo por decreto y, al final, solo consiguió vaciar los estantes de los comercios. Los electrodomésticos son oficialmente más baratos, pero no hay dónde comprarlos.

Es un caso extremo de pensamiento económico obtuso. Por eso lo ilustra a la perfección, así como las consecuencias sufridas allí donde los gobernantes creen tener en sus manos las palancas de la política y la economía, como si la tarea de administrarlas se redujera a un ejercicio ilimitado de la voluntad personal.

Reconocer lo contrario es hacer contacto con la realidad y entender la naturaleza estructural de nuestros problemas más apremiantes. Si el Gobierno empieza a sacar esas conclusiones tan temprano en su mandato, hay fundamento para la esperanza. La voluntad del gobernante no puede alterar los precios en forma directa e inmediata, pero sí es factor indispensable en la promoción de ajustes más profundos, capaces de abaratar los bienes y servicios de manera natural y armónica.

El problema de fondo, por ejemplo, no son los precios de la electricidad, sino las restricciones impuestas a la explotación plena de los recursos energéticos nacionales, siempre dentro de los parámetros de salvaguarda de la ecología y, más bien, con el sano propósito de mejorarlos.

Las tarifas, como dice el ministro de la Presidencia, no están bajo control del Gobierno, pero mucho puede hacer la Administración para alterar los factores que explican su desmesurado aumento. En otras palabras, si bien no es lo mismo verla venir que bailar con ella, es perfectamente posible cambiar la música para hacer del baile un ejercicio más ameno.