Por: Armando González R. 1 septiembre, 2013

Daniel Ortega debe ser tomado en serio, cuando y donde las circunstancias lo ameriten. Hacerlo no implica responder a todas sus provocaciones, en cualquier momento y lugar. Eso es concederle la iniciativa y la posibilidad de suscitar, a su antojo, reacciones útiles para fines propios de la política nicaragüense.

Ortega aprendió a vivir en la contradicción. Mejor dicho, a vivir de ella. Habla como guerrillero, pero gobierna como remedo de presidente electo en comicios democráticos. Como dirigente de masas, no consigue más del 38% de los votos y su partido recurre a prácticas fraudulentas para ganar los comicios municipales, ya con la Presidencia en sus manos.

Es, al mismo tiempo, marxista, chavista y millonario. Desde su fastuosa vivienda, oculta por decenas de metros de tapia, clama contra la desigualdad social y el capitalismo, pero sabe ser empresario, aventajado por la proximidad con el poder.

Pacta con Arnoldo Alemán, otrora acérrimo enemigo y siempre en la picota por escandalosos actos de corrupción. Con él comparte la administración de justicia y hasta la legislatura. No disimula su inclinación por los refinamientos más exquisitos (Reagan lo llamaba “el dictador de los lentes de diseñador”) mientras reparte montoncitos de alimento a los desposeídos de Nicaragua, con falso semblante de aflicción e incuestionable intención de fortalecer el clientelismo, supuesto anatema de su corriente ideológica.

Ateo, logró la conversión de un cardenal para su causa. Profeta del socialismo, gobierna a entera satisfacción de una clase empresarial avezada en las mil y una formas de sacar ventaja a la colaboración y el entendimiento. Su esposa y aliada política es madre de quien lo denuncia por abuso sexual. Costa Rica no se le hace simpática, pero aquí estudian sus hijos, bajo tutela del presidente del poder electoral.

No está claro si Ortega ama la contradicción o, simplemente, la acepta como condición de su permanencia en el poder. No hay duda, sin embargo, de su desdén por la coherencia. Eso lo hace difícil de enfrentar. Puede, sin sonrojarse, reclamar el territorio de Guanacaste y ninguna protesta le impedirá atribuirnos inexistentes designios sobre el río San Juan.

La falta de compromiso con la coherencia le concede amplios márgenes de maniobra. Por eso no se le puede seguir adonde quiera llevar la discusión. Es preciso distinguir los momentos de reacción inevitable y aprender a modular su tono. Hacen bien los guanacastecos en reafirmar su amoroso compromiso con la patria, pero no la presidenta en ponerse a la cabeza de la manifestación. Mejor aún sería escapar de una dinámica donde nuestro papel es solo reaccionar.