Por: Jorge Guardia 8 noviembre, 2016

Me gustó mucho la crónica de Esteban Ramírez, periodista de La Nación, sobre las virtudes de la baja inflación (5 de noviembre). Resume muy bien la reciente polémica sobre los factores que permitieron reducir la pobreza y nos invita a tomar partido.

¿Fue la ayuda estatal, el crecimiento de los ingresos de los de menores recursos o la baja inflación los que hicieron el milagrito? Para mí, los tres contribuyeron, cada uno un tantito. Pero, sin desconocer a los otros, voto por la baja inflación. Confirma que controlarla es un valor económico y social fundamental. Pero hay cosas que me inquietan: la presión de quienes quieren aumentarla, el reciente repunte del IPC y la presión fiscal que impide mantenerlo a raya. ¿Se revertirá la reciente caída?

¡Cuidado! Hay grupos de interés al acecho. Abogan por subirla bajo la trama falaz de estimular la producción y bajar el desempleo. Reviven la vieja pugna entre precios y paro de la desacreditada curva de Phillips: a mayor inflación, menor desempleo (y a la inversa). Pero Friedman demostró lo contrario: a largo plazo, podríamos hundirnos en un mar de inflación sin salvar el desempleo. ¿Navegar a la deriva? ¡No, señor! La responsabilidad exige anclar en dique seco la estabilidad para abatir la pobreza. Devaluar, inflar, devaluar es un círculo vicioso.

En el 2015, Carlos Blanco y yo sugerimos reducir la meta de inflación al 3% y celebramos el avance institucional decretado. Las variaciones del IPC resultaron, incluso, menores, pero ahora se adentran en la nueva meta del 3% anual, equivalente al promedio de nuestros socios comerciales. Blinda a los exportadores al garantizar que sus costos internos no superarán los de la competencia, pero, al golpear los precios de la canasta básica, podría anular el avance en pobreza. ¿Por qué, entonces, no bajar la meta al 2%, como en los países desarrollados?

Es difícil, pero no imposible. Los principales escollos son el problema fiscal y las pérdidas del Banco Central, acumuladas en ejercicios anteriores. Al intervenir en el mercado cambiario, cuya expansión de liquidez debía luego esterilizar colocando títulos en colones a altos intereses, incrementó sus pérdidas financieras que implican más inflación futura (¡Qué daño le hicieron los grupos de interés a los pobres!). Si el déficit fiscal no se arregla, las altas tasas de interés presionarán el déficit financiero del Central y afectarán la inflación. Por eso, el grupo de economistas con quien he suscrito glosas contra la devaluación arbitraria e inflación se unió de nuevo para formular, en breve, propuestas para enderezar lo fiscal y consolidar la estabilidad. No se las pierdan.