Historia del amor entre la bella Agnevska y el jefe de la oficina postal, un ejercicio de composición en homenaje del creador de “Tartarín”

Por: Jaime Daremblum Hace 3 días

He de aclarar que este ejercicio de composición es en memoria de Alphonse Daudet y su creación Tartarín.

En uno de esos vellorios alpinos anteriores a la Primera Guerra Mundial, Agnevska, admirada por todas las hijas de su terruño, ha pescado un admirador de lujo. No está muy jovencito que digamos, pero este enamorado es constante en su amor. Y así, cada vez que arriba el correo de Berlín, su corazón parece achicarse y causarle una vaciedad de esas que solía padecer Julieta…

El jefe de la oficina postal en la minúscula zona alpina, en cada ocasión del recibo de la carta de Berlín, estaba listo para declarar una zona bélica. Sabía que lo iban a ametrallar por esa declaratoria que él describió como algo único, pero no exclusivo, pues deberían existir zonas de amor reductibles hasta un punto no visible sin lentes. Uno de los dos reclutas que completaban el staff militar asintió.

Sin embargo, el jefe de la oficina no se tragó las sales que le recetaban esos aprendices de militares. Él sí era militar de algún rango, a quien los Ottos y Franciscus de Berlín quizás escucharían con alguna pausa. Su idea era justificar su delegación de los servicios postales con el hecho único y extraordinario de haberse transmutado en una zona de guerra. Y, ¿ por qué no? Una crucial entrega de cartas que quizás sellaría la suerte de la guerra. Y recordó algún texto que señalaba las zonas del recorrido de trenes como zonas paradigmáticas.

Ya para entonces era la hora del almuerzo. Y sin haber solucionado lo de la trasmutación de su paupérrimo despacho en un área de vital trascendencia paradigmática, procedió a ocuparse de su postre, de etnia lechera. No, de ninguna manera podrían las misivas para una dama, sin reclamos de nobleza, seguir perturbándole el sueño reparador de la ínfima siesta a la que tenía algún derecho soberano. Y así, la siesta se tornó en un dulce sueño del cual despertó al arribo final de su travesía de esa fecha. Sí, y debería entregar la maldita carta…

El oficial recabó que había una misiva para Frau… Pero eso no significaba que debía entregarla esa noche. Podría ser al día siguiente, alegando el resfrío que lo mantenía en letargo. Y así sucedió. Al retornar a la estación por la mañana para proseguir su ruta ya lo esperaba la dama del cuento.

Valiente, besó la mano de la destinataria y le entregó la misiva. La receptora la leyó rápidamente, la rompió y exclamó que qué podía esperar de ese cuasi anciano que osaba pretenderle. Y con manifiesto desprecio esparció los restos en la vía… ¿Y después? Más guerra y muerte hasta que, en un día soleado, afloró la paz.

El autor es politólogo.

jaimedar@gmail.com