Por: Jaime Daremblum 14 octubre, 2015

Al resumir los resultados financieros del último trimestre, la líder del Partido Demócrata, Hillary Clinton, recaudó $28 millones y el aspirante republicano, Ben Carson, obtuvo de sus simpatizantes $20 millones.

Desde luego, hay pretendientes de garra en ambos partidos con vastas contribuciones, pero no son de primera línea.

Dos observaciones: la primera es que Hillary trae consigo una nómina de probados financistas y Ben, aunque con bríos, es nuevo en esta jornada. La segunda es la experimentada maquinaria demócrata de Hillary, hasta no hace mucho senadora y secretaria de Estado, y ahora va en otro intento por capturar la Casa Blanca.

Carson es relativamente nuevo, pero no dudamos que la experiencia será provechosa y quizás logre elegirse. Pero todavía falta un trecho clave: ganar las primarias para las elecciones de noviembre del 2016.

Sin embargo, no es dable minimizar que Carson sea un afamado neurocirujano negro que, antes de su retiro, encabezaba la nómina de celebridades médicas en el centro hospitalario y universitario de Johns Hopkins.

Su figura ha sido sumamente popular en círculos universitarios, organizaciones cívicas, la televisión y la prensa. Sin embargo, ante todo, para sobrevivir la campaña y su futuro, deberá limpiar su retórica de afirmaciones ofensivas y populistas sin asidero.

Lo más distintivo es, quizás, su origen humilde y el papel de su madre, abandonada por su esposo, en la crianza y educación del hoy postulante presidencial. La modesta vivienda donde vivían formaba parte de los barrios marginados de Detroit.

En ese ambiente creció Ben, bajo la guía y disciplina de su madre. Desde muy temprano, ella lo educó en materias elementales y la lectura constante. No había tiempo para perder con las pandillas del barrio. Leer se convirtió así en el centro del universo del niño. La madre regresaba del trabajo y calificaba la tarea diaria. Ahí no cabían excusas.

Carson relata cómo sus lecturas suscitaron en él deseos de convertirse en un personaje importante. Este ideal motivó sus estudios superiores. Sus logros abrieron la puerta a becas y universidades famosas, una brillante carrera como neurocirujano infantil y múltiples distinciones.

El relato no termina ahí. Su madre no sabía leer ni escribir cuando empezó a educar a sus hijos. Tiempo después se inscribió en una universidad donde obtuvo una maestría en educación.

Conocimos, junto con algunos amigos costarricenses, al Dr. Carson en el Desayuno Nacional de Oración celebrado en noviembre de 1997 en Washington.

Su historia me causó una positiva impresión y me dije que eventualmente merecería la presidencia de su país, ojalá con su madre como principal asesora.

(*) Jaime Daremblum es abogado y politólogo. Es director de estudios latinoamericanos del Hudson Institute y tiene un Ph.D. de Tufts University, Flectcher School. Fue embajador de Costa Rica en Washington y analista del Fondo Monetario Internacional.