Por: Jorge Vargas Cullell 5 marzo, 2015

Llego al parqueo de una institución pública y el guarda me pregunta: “¿A qué viene, campeón?”. Me lo quedo mirando con una expresión que Homero describiría como de “torva faz”, y le replico que, lamentablemente, nunca gané ningún campeonato de nada, ni siquiera de “jackses”, y, por lo tanto, con que me diga “señor” quedo contento.

Luego, paso por el supermercado y una de las demostradoras de productos me dice: “¿Te gustaría probar este salchichón? Te va a encantar”. Resignado, le pregunto dónde la conocí, pues no me acuerdo, a lo que ella responde “no, no te conozco”. Y como se puso para que le den, termino diciéndole que qué raro, pues me tutea y solo mis amigos lo hacen. En resumen, Varguitas se volvió un viejillo cascarrabias.

El asunto no es que a uno le anden diciendo “doctor” o “licenciado” para arriba o para abajo, no sea que le pase lo que le sucedió, en Colombia, a un doctor en Sociología, quien llegó a una gasolinera y el pistero le preguntó: “¿Qué le sirvo, doctor?”. Deleitado y al mismo tiempo intrigado por el trato, el sociólogo le respondió: “¿Cómo supo que soy doctor?”. A lo que el pistero replicó: “Es que en Colombia cualquier pendejo es doctor”.

Repito, me basta con lo de “señor fulano” porque es más republicano y nos aproxima al otro en aquello en que, efectivamente, somos iguales: ciudadanos con los mismos derechos y obligaciones. Es un trato con la cuota de respeto que debe haber entre iguales cívicos.

Cada vez que relato este tipo de encuentros, no falta quien diga que la culpa es de los empleadores, no de los fulanos, porque no los entrenan para eso del trato personal. Puede ser, pero la excusa me queda corta.

Somos adultos, con cédula, y sabemos cuando jugamos de vivos. No es un tema de la educación formal, sino de evitar desvalorizar al prójimo. En todas las expresiones de “primo”, “campeón” y en el tuteo confianzudo siempre va envuelto un serrucho y mucho resentimiento. Al final, cualquiera se pasa por el forro una y mil veces a un “campeón”.

Vivimos una paradoja social. Cuanto más crece la desigualdad social y menos puntos de contacto hay entre personas de distintas clases sociales, más crece la desvalorización entre unos y otros. Los de arriba ni se imaginan que los de abajo son, también, “señoras” y “señores” de pleno derecho; y los de abajo aplican el igualamiento confianzudo que, en definitiva, rezuma resentimiento y tiene el mismo efecto negador.

Así, en vez de un mundo poblado de ciudadanos, terminamos con uno repleto de “campeones”, “primos” y “pas”.

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