Por: Jaime Daremblum 16 mayo

Cuando el presidente Donald Trump recibió ayer en la Casa Blanca al dictador turco, pensó con envidia que seguro Erdogan es un autócrata que decía a sus interlocutores lo que le viniera en gana. Tampoco el turco debía rendirles tributo a los periodistas adversos a su régimen, y si algún informador se pasaba de la raya, lo despachaba a prisión sin mayor trámite.

En cambio él (Trump), no podía desenredarse de las cuerdas de la opinión pública. Le cobran su traición al juramento presidencial, consumada al compartir con los jerarcas del Kremlin información ultrasecreta de Estados Unidos. Eso conllevó darles a los rusos los datos de quién informaba y la fuente del informador. Les confió la lista de sus amigos y de quiénes suplían los secretos. No en vano, la prensa lo califica de traidor, infantil, presumido y tonto.

Trump encara hoy el embiste uniforme de la prensa, del Partido Demócrata y, crecientemente, del Republicano. El Capitolio se ha tornado en una reserva apache que desprecia sus bucles rubios. Sus copartidarios despotrican contra él y ya los opinadores, por la prensa escrita y la televisión, no evitan deslizar la amenaza del impeachment, de esa impugnación horrenda que en los años 70 destapó las cuerdas del Watergate y forzó la salida deshonrosa del presidente Richard Nixon.

¿Será este el destino de Trump? Es difícil afirmarlo por ahora. Pero cada día la situación se vuelve más amenazante.

Y todo eso, ¿para qué? Posiblemente para pavonearse ante el canciller ruso, Serguei Lavrov, y el embajador moscovita en Washington, dándoselas de grandioso emperador. A sus compatriotas los excluyó de aquella reunión, pero no a los escribidores y fotógrafos moscovitas. Él, Trump, supuestamente tenía la potestad de compartir con los jerarcas rusos información ultrasecreta, o clasificada, como la llaman en Washington, que, además, conllevaba la identidad del abanico del espionaje estadounidense. Quién sabe.

De esto, esencialmente, se trata el escándalo que abruma a Washington. Posiblemente pesan en la mente de Trump las inminentes visitas a la OTAN y a naciones amigas en el Cercano Oriente, como Israel. Nixon también viajó al exterior para una cita con países aliados. Algún gobernante pasó entonces una notita al vecino de mesa externándole preocupación por el extraño comportamiento de Nixon. Ahora, ¿qué cara pondrá Trump a los adustos europeos, a Netanyahu y a los emires de Arabia?