Por: Jorge Vargas Cullell 22 octubre, 2015

Veo al carajo de la moto haciendo la enésima barbaridad de rigor y no puedo llegar a otra conclusión que, en realidad, hace exactamente lo que casi todos los choferes de carro quisiéramos perpetrar cuando seamos grandes: inventar carriles, saltarse los semáforos, pagar el seguro más bajo que se pueda y endosarle a la Caja los gastos médicos si uno se despapaya. Bien pensado, nuestras calles no son otra cosa que el ejercicio a fondo de ese sueño de opio tico que es hacer lo que le venga a uno en gana cuando se le cante, y gratis.

¿O es que los conductores de carro somos santas palomas? No hacemos más porque un carro no es tan maniobrable como una moto. Pero si pudiéramos... Huy m’ijito... El punto es que uno empieza con las motos y termina chocando de frente con la cultura política de este país, con las creencias y actitudes prevalecientes en asuntos relacionados con el ejercicio del poder. En las calles, lo que ocurre es un conflicto cotidiano de poder, tanto en su sentido de dominación sobre los demás (“jodo a todos los que puedo”) como en el de capacidad para lograr resultados (“llegar rápido como sea”).

El desastroso tráfico vial que padecemos es la metáfora más certera del estado de la política en nuestro país. Tanto en una como en otra, cada actor prefiere usar su poder como dominación para cumplir su objetivo, madrugándose a los demás en vez de cooperar con ellos para alivianar la presa. En ambos casos, las reglas son para los otros, no para mí.

La metáfora no acaba ahí: como cada chofer tiene poquito poder individual –igual el flamante Lexus como el desvencijado Hyundai se comen la presa y el de la moto termina accidentado– todos pierden por jugar de vivos: la astucia se atasca. Si un semáforo no funciona, nada costaría ir alternando ordenadamente el paso entre todos, pero, ¡jamás!, el tiro es atravesarme en media calle con tal de avanzar unos metros. ¿Resultado? Entrabamiento total. Suena familiar, ¿no?

“Política” viene de la palabra polis (en la antigua Grecia, “ciudad”). La polis era más que una urbe, una mezcla de los conceptos actuales de “patria”, y “cosa pública”; es decir, la casa común.

Las palabras “policía” y “cosmopolita”, según me entero, vienen de la misma raíz. Ese desprecio por lo público, esa manera de entenderlo como “terreno de nadie”, en el que puedo orinarme si me place, y no como “terreno de todos”, nos tiene jodidos. Si usted quiere entender la política criolla, mire nuestras calles. Somos eso y no queremos ser más que eso: ¿Por qué tanta hablada?

(*)Jorge Vargas Cullell es gestor de investigación y colabora como investigador en las áreas de democracia y sistemas políticos. Es Ph.D. en Ciencias Políticas y máster en Resolución alternativa de conflictos por la Universidad de Notre Dame (EE. UU.) y licenciado en Sociología por la Universidad de Costa Rica.