Por: Fernando Durán Ayanegui 20 diciembre, 2015

Si, tras descubrir que una de sus costumbres se ha tornado sórdida o inexplicable, una colectividad desea seguir observándola, le bastará con promoverla al rango de tradición para que su conservación se justifique. Ese es uno de los mecanismos mediante los cuales algunos repugnantes usos del pasado adquieren una dignidad que los vuelve inobjetables.

En estos días festivos de fin de año, a los ticos el tiempo se nos desliza sobre unas pocas inofensivas tradiciones como, por ejemplo, la confección casera de tamales, que en algunos casos puede llegar a ser tan voluminosa como para prorrogar el gozo gastronómico hasta más allá de Semana Santa.

Antes de los tamales se habrá materializado el portal, de raíz probablemente colonial, que cierta confusión entre moda y costumbre ha permitido sustituir con una conífera plástica de nórdico acento, a la que llamamos “el arbolito”, o con un barrigón publicitario de aspecto etílico a quien los niños conocen como “Santa”.

Viene luego la ya no tan inofensiva tradición de las corridas de toros, en modalidad vernácula, que en cuanto navideña se circunscribe al área metropolitana, pues el circo taurino es un tinglado itinerante que funciona durante todo el año en el resto del país, con un énfasis cada vez mayor en la monta de toros, espectáculo que, según se afirma, es un excelente negocio para sus promotores porque cuenta con más aficionados que el fútbol profesional.

El problema es que esa actividad –la monta de toros– ofrece un plato de fuertes emociones que resultaría insípido para la clientela si no fuera porque es, con mucha frecuencia, extremadamente peligroso para los montadores –¿se lleva la cuenta de cuántos de ellos mueren o quedan baldados en la faena?– y no para los toros. El juego es del todo desigual en favor de la bestia y de un público que disfruta con delirio los riesgos ajenos.

Lo mal visto de la tauromaquia tradicional es la sangrienta muerte del toro, una medida indispensable porque si al animal se le permitiera acumular la experiencia de varias corridas se convertiría en un implacable asesino. Eso explica la prohibición de ese tipo de corridas en Cataluña y en varios países hispanoamericanos, incluida Costa Rica; pero ya hemos visto que, entre nosotros, no abunda la noción de que el toro de monta también se vuelve más peligroso conforme más montadores despanzurrados deja a su paso, y toda sugerencia de acabar con la inhumanidad de la monta choca con el argumento de que se trata de una tradición consagrada.

Fernando Durán es doctor en Química por la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la Universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector en 1981.