Por: Fernando Durán Ayanegui 8 noviembre, 2015

Los estudiantes de Derecho y de Ingeniería escenificaban, una vez al año, una batalla campal en la que empleaban proyectiles que habrían tenido un uso inmejorable en alguno de los comedores universitarios: naranjas, tomates, huevos… en fin, nada que pudiera ser letal.

Tras el zafarrancho, los combatientes limpiaban el estropicio y luego se dedicaban a actividades de confraternización más espirituosas que espirituales.

Para evitar que la celebración se saliera de cauce se interrumpía, durante su transcurso, la circulación de vehículos motorizados en el sector de la Ciudad Universitaria, donde tenía lugar el enfrentamiento, que recibía el nombre de “la pasada”, y significaba, para las autoridades administrativas, recibir quejas de quienes se sentían víctimas de ofensas menores y, en ocasiones, negociar con las asociaciones estudiantiles las reparaciones de daños causados al patrimonio de la universidad.

En cierta ocasión, un profesor algo tozudo se negó a seguir las instrucciones de los encargados del orden y condujo su auto directamente hasta donde el combate era más arduo. Llevaba las ventanillas abiertas y lo acompañaba, en el asiento trasero, su pequeña hija. Tuvo la mala suerte de que una naranja voladora golpeara a la niña en el rostro.

El indignado padre descendió del automóvil blandiendo un arma de fuego con la que amenazó a la muchedumbre. Varios profesores de ingeniería, a la sazón reunidos en un edificio de su facultad, vieron a través de los ventanales cómo cientos de estudiantes se tiraban boca abajo en el suelo como si estuvieran realmente en un campo de batalla. No hay nada que comentar sobre el lío disciplinario, casi policial, que vino después, excepto que no hubo en Costa Rica nadie tan desquiciado como para justificar que un profesor llegara al recinto académico con un arma cargada en la guantera.

Hace pocos meses, el Senado de Texas sancionó, días después de que quedara autorizada en ese estado la portación pública de pistolas y revólveres, una ley que aprueba “la portación oculta de armas en las universidades públicas”. Su promotor, un legislador – republican, of course – llamado Brian Birdwell, invocó motivos religiosos (“portar armas es un derecho dado por Dios”) y con ello se ganó el apodo de “Birdbrain Well” (pozo sesos de pájaro). No andan descaminados los habitantes de Noruega, aquel civilizado país escandinavo, quienes usan la expresión coloquial det var helt Texas (“eso fue totalmente Texas”) para decir que algo fue una locura total.

Fernando Durán es doctor en Química por la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la Universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector en 1981.