Por: Jorge Vargas Cullell 9 julio, 2015

Pequeños jardines urbanos. ¿Qué pasaría si todos los urbanitas, ricos, pobres y de medio pelo, nos propusiéramos sembrar una matica, una flor y, los que tienen más campo, un árbol enfrente de nuestras casas y oficinas? Llenaríamos así las ciudades de ventanas adornadas de macetas, aceras con helechos, heliconias o bromelias y, quién sabe, miles de árboles. San José, Cartago, Alajuela o San Ramón no se convertirían en ciudades bonitas, pero sí en centros prolijos, lugares que la gente empezaría a querer.

Como somos un pueblo de natural desorganizado, estos jardincitos urbanos serían hijos del desorden concertado y no de una acción planificada. Me explico: que cada uno siembre lo que guste y pueda pagar. ¿A usted le cabe solo un geranio? Arrímelo a la ventana. ¿Quiere poner margaritas? Colóquelas en el cuadradito de su acera. ¿Quiere sembrar un palo? Pues siémbrelo, solo cuide que no sea de los que levantan aceras.

Lo común entre tanta diversidad sería la voluntad de crear espacios compartidos más bonitos. El punto sería ponernos de acuerdo para jardinear un fin de semana: todos como hormiguitas, como si fuera una teletón, solo que orientada a sembrar matas. ¿Los dos únicos requisitos? Que cada uno respete la escogencia del otro y que alguien en la familia se encargue de cuidar la plantita sembrada.

Mi propuesta es práctica. Se trata de mejorar en algo nuestras ciudades con una idea concreta que no requiere grandes inversiones públicas o privadas sino una acción mancomunada de bajo costo para nuestros bolsillos. Las matas gustan a casi todo el mundo y nadie se enoja ni queda limpio por sembrar una planta. Digamos que una mano invisible nos guiaría... Así, mientras se marchitan los almanaques sin que se concreten los grandes proyectos urbanos que necesitamos (trenes, metros, circunvalaciones), empezaríamos a cambiar la negligencia (¿displicencia?) que los urbanitas ticos tenemos con nuestras madrigueras comunes. ¿Por qué no hacer algo por el bien común?

Lo que necesitaríamos, pues, es empezar una campaña a favor del jardín urbano y adoptar la tecnología que han desarrollado los de Un Techo para mi País o los de la Teletón, que son capaces de movilizar y entusiasmar a miles en favor de una meta concreta.

Hagamos jardín, muchos jardines, modestos o más elaborados. Empecemos a crear hábitos de cariño con nuestras ciudades. Cuando millones hacemos pequeños gestos a la vez, logramos impactos en la vida social. ¿Qué les parece empezar por ahí?

Jorge Vargas Cullel realiza gestión de investigación y colabora como investigador en las áreas de democracia y sistemas políticos. Es Ph.D. en Ciencias Políticas y máster en Resolución alternativa de conflictos por la Universidad de Notre Dame (EE. UU.) y licenciado en Sociología por la Universidad de Costa Rica.