Por: Jorge Vargas Cullell 15 septiembre, 2016

Una persona se suicidará hoy en Costa Rica y casi cuatro más lo intentarán. Probablemente, el muerto sea un hombre joven, pues los hombres nos suicidamos más que las mujeres (como cinco veces más), aunque ellas lo acometan con más frecuencia. En eso somos más eficaces: por cada dos chavalos que lo emprenden, uno llega hasta el final; con ellas, en cambio, la cosa es distinta: de cada veinte intentos, uno se concreta. En fin, son cifras aproximadas de una tragedia diaria, tozuda, oculta tras la tristeza de familiares y el estigma social. Del suicidio se habla en voz baja.

Alrededor de cada muerte, quedan muchos porqués abiertos. Algunos son de carácter personalísimo: las razones que empujan a cada individuo a ese final son vividas solo por él, y en ocasiones pueden resultar difíciles de entender para los demás. Imagino que la desesperanza debe ser enorme. En la psicología, una disciplina que confieso conocer poco, hay una vasta y muy diversa literatura sobre el tema que ahonda en el perfil, los motivos y los comportamientos suicidas. En la sociología, la materia es también relevante desde que Durkheim, hace un siglo, lo abordara para entender sus causas sociales y económicas.

Mi punto aquí no es jugar de sabio, dando a entender un conocimiento en este campo que ciertamente no tengo. Sin embargo, la cuestión me interesa y no solo por las cifras, sino también por otras razones más cercanas. Lo que sí sé es que, por la frecuencia del suicidio en nuestro país, se trata de un problema de salud pública que debemos, como sociedad, sacar del baúl de las vergüenzas y conversar abiertamente. ¿Por qué? Porque sabemos, como dije al inicio, que en un día como hoy, cuando celebramos el 195.° aniversario de la independencia, muy probablemente unas cuatro personas intentarán suicidarse y una lo logrará.

La cuestión no es repartir culpas (¿para qué estigmatizar?), dar clases de felicidad o caerle encima a la gente con discursos moralizantes. Me parece más sensato fortalecer las instancias de prevención, con apoyo profesional y más recursos, para que sean mejor conocidas entre la población y, con la gente que salió viva de su intento, tener un seguimiento profesional empático que le ayude a elaborar su tragedia. Y también a la gente cercana.

Sé que ando en terreno resbaladizo y lamento que mi ignorancia sobre el tema me obligue a ser tan tentativo, pero quise hablar de una cuestión incómoda porque en uno de los países más felices del mundo cada día llueve un muerto que, quizá, pudimos salvar.