Por: Fernando Durán Ayanegui 9 abril

Aunque emitida por una alta autoridad de la ONU, en Costa Rica fue tomada a la ligera. En cambio, en el extranjero provocó reacciones en movimientos progresistas, grupos defensores de los derechos humanos y organizaciones opuestas a la legalización del aborto o la eutanasia. Nos referimos a la declaración en el sentido de que, como respuesta a las amenazas planteadas por el cambio climático y el deterioro ambiental global, es urgente revertir el crecimiento demográfico.

Ahora bien, ante los indicios de que, se logre o no se logre frenar ese crecimiento, el impacto del cambio climático ya es inevitable, tal declaración conducirá a otra más rotunda: “tenemos que reducir la población a como dé lugar”. Lo que vendrá a darle un tono de racionalidad al triste lamento de una nada joven francesa, la señora Christine Lagarde, quien ha sobrevivido hasta hoy ocupando el cargo de directora gerente del Fondo Monetario Internacional. Opinó ella: “Los viejos viven demasiado, y eso es un riesgo para la economía global. ¡Algo debemos hacer ya!”. Y no podemos acusarla de ser egoísta. Si lo que busca es establecer, para el proceso de reducción demográfica, un orden de prioridades tipo “solución final”, dada su edad ella misma saldría perjudicada.

No se podría decir lo mismo del funcionario español del FMI que, recordándonos la historia, tal vez apócrifa, de los fogoneros de un ferrocarril egipcio que, para ahorrar carbón, quemaban momias, afirmó casi simultáneamente: “Si el promedio de vida aumenta tres años más de lo previsto para el año 2050, el coste del envejecimiento(…) aumentaría en un 50% en las economías avanzadas, mientras que en los países emergentes este aumento sería del 25%”.

Como, obviamente, debemos ser solidarios con Lagarde, nos limitaremos a comentar que, dentro de esta lúgubre sinfonía, desentona la flauta del político francés que agregó a la partitura: “Vemos con interés la legalización de la eutanasia y la consideramos el resurgimiento, bajo una modalidad moderna, de una práctica ancestral, característica de las economías de subsistencia, que propicia el deceso anticipado de los miembros menos productivos de la sociedad”.

Así sí vamos comprendiendo. Nada de chambonadas como generar nuevas guerras o nuevas hambrunas. A partir de ahora, lo que parece estar en curso es un montaje ideológico para justificar la liquidación fulminante de todos los seres humanos superfluos.