Por: Armando González R. 26 octubre, 2014

El instructivo de la Dirección General de Migración nada decía sobre la necesidad de llevar una copia del pasaporte del menor para autorizar su salida del país en compañía de un tercero. Ya en la fila, organizada al estilo del juego de sillas musicales, como ahora se acostumbra para mayor comodidad de los usuarios, es imposible dejar de notar un rótulo donde se establece el requisito.

El corazón empieza a bombear sangre, irritado, y el enojo se apodera de los usuarios, armados con todos los demás requisitos y desprovistos de este último, ignoto hasta el momento del encuentro final con la burocracia. Pidieron permiso para ausentarse del trabajo, porque el trámite solo se hace en horas hábiles y nadie creería posible llevarlo a buen puerto durante el breve lapso de la hora de almuerzo.

La emotividad cede ante un impulso más racional. Lo primero es sopesar las alternativas. ¿Vale la pena seguir en la fila y arriesgarse al rechazo, prácticamente seguro, de la solicitud? La experiencia demuestra la imposibilidad de superar semejante barrera burocrática. La casi segura desvinculación entre el encargado del trámite y el omiso redactor de los requisitos prácticamente garantiza la inutilidad de argumentar el error en el instructivo.

Sin temor a equivocarse, los usuarios esperan un encogimiento de hombros y, como mucho, una expresión prefabricada para tomar distancia: “No redacté el instructivo”, “Tengo órdenes superiores”, “Quien es mandado no es culpado” o una frase similar. Pero no hay mucha gente y la fila se mueve con celeridad. La peor gestión es la que no se hace y quizá valga la pena “jugársela”.

Entran entonces en juego el ingenio y la tecnología. Un teléfono inteligente plantea la posibilidad de fundamentar el alegato. Es preciso localizar en la Internet el instructivo omiso, con logotipo de la Dirección General de Migración y otras características aptas para demostrar su autenticidad irrefutable.

Aparece la prueba, pero no hay mucho tiempo para preparar el alegato. Ya nadie está por delante en la fila. El cerebro trabaja a toda velocidad y se decide por la estrategia de la calma. Es preciso olvidar el enojo por la contradicción entre el instructivo y el rotulito o, cuando menos, posponerlo para la crisis definitiva, cuando el fracaso no deje más opción que el desahogo.

Llega el momento. La funcionaria nota la ausencia del requisito, pero apenas escucha la explicación. Entra al archivo de la institución y extrae los datos necesarios, con todo y foto del menor. El trámite se completa en un santiamén. Gracias a Dios por tan estupenda funcionaria, pero ¿para qué el rotulito de la entrada?

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