Por: Jorge Vargas Cullell 16 abril, 2015

Por primera vez en nueve años, la semana pasada mi columna no apareció.

No tuve nada que decir o, al menos, nada público que compartir. Escogí el silencio debido a razones personales que, en ocasiones, lo dominan todo. Sin embargo, entiendo que cuando se trata de una columna de opinión el silencio es cosa extraña, pues es, por definición, voz pública sobre asuntos de interés público, escrita expresamente para debatir y ser rebatida.

Desde esta perspectiva, callar podría levantar sospechas de cálculo o censura, asuntos que nada tuvieron que ver en mi caso. El columnista simplemente se acogió al silencio, usó su derecho a no ejercer un derecho.

El silencio tiene muchas cualidades y significados más allá de la ausencia de sonidos. Están, por supuesto, los momentos en que uno se queda callado porque se quedó sin ideas. Literalmente, enmudecemos en el vacío, nos quedamos tiesos sin saber qué hacer o decir. En la mayoría de las situaciones, sin embargo, una persona en silencio se adentra en un mundo estrictamente personal poblado de sonidos, recuerdos, imágenes, ideas y sensaciones.

Así vivido, el silencio puede ser rico, nutritivo, fuente de nuevas ideas. Se trata de un silencio comunicativo, que tiene una raíz profundamente reflexiva. No por casualidad el silencio está reservado para momentos de intensa comunicación profunda en las distintas culturas y religiones.

Pero ¿puede la democracia sobrevivir en el silencio? La respuesta es no, pues representa una gran plaza repleta de opiniones que sin tapujos se vocean desordenadamente, tapándose unas a otras, sin más restricción que la integridad y dignidad de los demás. En el mejor de los casos, la “grilla” da paso a conversaciones públicas respetuosas y fructíferas; en el peor, es una mera catarsis o intento para ridiculizar a los otros. Sospecho que en nuestro país tenemos poco de lo primero y mucho de lo segundo.

Aunque la democracia como sistema naufraga en el silencio, no tengo duda de que puede ser utilizado por políticos y ciudadanos, individualmente considerados, como ejercicio de escucha y de reflexión, especialmente cuando las cosas no marchan, ni de cerca, como se quiere, que es lo que le pasa al Gobierno.

Ojalá las más altas autoridades usen los días previos al primer aniversario para, en el silencio reflexivo, pensar lo que sigue y dar un golpe de timón. Ellos lo necesitan y el país también. De nada sirve la tesis estridente del acoso mediático cuando el tema es cómo sacar la carreta del barreal. Silencio para pensar.

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