Opinión

Sobre ruedas

Actualizado el 26 de julio de 2015 a las 12:00 am

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Comenta el sabio catalán Jorge Wagensberg que en el pasado en todas las culturas se usaban cuentas redondas engarzadas en hilos; es decir que se tenía la rueda, no solo a la vista sino también arrollada al cuello.

Le extraña que culturas avanzadas no llegaran a utilizar un artefacto tan simple y especula sobre la posibilidad de que eso se debiera a que no contaban, para transportar objetos pesados, con buenos animales de tiro pero sí con excelentes animales de carga –incluidos, agregamos nosotros, seres humanos sometidos a la esclavitud o a la servidumbre– .

Anota la imposibilidad de que los artesanos no descubrieran la rueda mientras perforaban miles de discos cada día y constantemente los veían rodar por el suelo del taller en el que trabajaban. Concluye en que “una cosa es descubrir la rueda, otra es percatarse de su trascendencia y otra convencer de ello a legos y colegas”.

Ciertamente, resulta inexplicable que los mayas –para citar un ejemplo que nos es cercano– hayan utilizado piezas perfectamente redondas, de piedra o de metal, para grabar en ellas su calendario y no hayan caído en la cuenta de que, levemente modificadas, tales piezas podían servir como… ¡pues como ruedas, demonios!

De igual manera, valdría preguntarnos por qué los aborígenes del sur de lo que hoy es Costa Rica, dotados de cerebros idénticos a los de los egipcios –que, según Hollywood, usaban carros de combate– y a quienes más de una vez una de sus abundantes esferas de piedra debió de habérseles escapado para rodar cuesta abajo, no descubrieron el agua tibia del transporte sobre algo redondo. Se nos ocurre que, en estos dos casos, pudieron haber existido prohibiciones religiosas del uso, con fines industriales, de materiales con forma de circunferencia o de esfera; algo que debe parecernos familiar: un “y sin embargo rueda” mesoamericano pudo preceder en varios siglos al itálico “y sin embargo se mueve” de Galileo.

La humanidad enfrenta limitaciones preocupantes. Una de ellas es la que nos obnubila hasta el punto de ocultarnos todas las ruedas sin inventar que forman parte de lo obvio y de lo cotidiano. O, lo que es peor, nos impide escuchar a quienes, habiéndolas visto rodar frente a ellos, tratan de decirnos que podrían llevarnos muy lejos si les prestásemos atención. Por supuesto, no se trata de que nos dediquemos únicamente a ver girar discos o esferas. De hacerlo así, acabaríamos, como parecen sugerir algunos, convirtiendo escuelas y universidades públicas en canchas de fútbol.

(*) Fernando Durán es doctor en Química por la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la Universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector en 1981.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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