Por: Armando González R. 24 abril, 2016

Internet y las redes sociales, con sus innegables ventajas, plantean peligros insondables. Mientras más tardemos en aprender sobre ellos, mayores serán los riesgos. No me refiero a las amenazas habitualmente señaladas, como la estafa o el acoso contra individuos, especialmente menores de edad, sino al aprovechamiento de la credulidad para promover o combatir iniciativas de mayor alcance.

Las falsas identidades, como algunas detectadas en los comentarios al pie de las noticias en la edición electrónica de La Nación, se utilizan para distorsionar la verdad, promover el odio y provocar la imitación con la esperanza de desatar una tendencia. Es un recurso eficaz si un número considerable de personas participa del esfuerzo, pero hay estratagemas de mayor impacto, cuyos autores prescinden por completo de la intervención humana.

Internet está poblada de curiosas criaturas –troles, robots y otras especies– capaces de difundir determinada versión de los hechos y arrastrar en la misma vía a la opinión pública más incauta. Los creadores de semejantes monstruos cibernéticos pueden iniciar tendencias, promover odios, acrecentar tensiones, difundir falsedades o desviar la atención del público hacia temas menos lesivos para sus intereses.

El lector imaginará el potencial dañino de estas artimañas y su amplia gama de usos, pero no se le escaparán las posibilidades abiertas a la manipulación política. Supongamos un gremio interesado en librarse del funcionario encargado de regularlo, o un candidato decidido a desprestigiar a su contrincante, para plantear dos de muchos escenarios.

Estudios conducidos en países desarrollados, como Alemania, dan cuenta del creciente número de social bots desatados en la Internet para difundir textos y comentarios “incendiarios”, como los califica un artículo reciente del Observatorio Europeo del Periodismo.

La innovación se aplica desde hace años en Latinoamérica, confiesa uno de sus consumados maestros, hoy preso en Colombia. Desde el 2005, Andrés Sepúlveda encabezó a un equipo de hackers dedicado, entre otras males artes, a manipular las redes sociales a lo largo y ancho del continente para crear artificiales oleadas de entusiasmo, ridiculización u odio, según conviniera a los partidos políticos que lo contrataran.

“Cómo hackear una elección” es el título de la entrevista publicada por Bloomberg. Hacerlo solo es posible en virtud de la credulidad, la ignorancia y la falta de una sana desconfianza frente a lo publicado en las redes sociales. Costa Rica no está a salvo.